viernes, 10 de agosto de 2012

Por primera vez, en mucho tiempo


Un afligido Rigoberto se lanza apresurado al encuentro de su amada, que se halla ocupada en las labores domésticas. Porque cuando esa mañana, el valiente Rigoberto se vistió los leotardos, que su bella Segismunda había lavado con tanto amor y se observó en el espejo, tuvo la impresión de que el Sol no saldría, por primera vez, en mucho tiempo.
- ¡Amada Segismunda, tanto amor has vertido en estos leotardos míos, que, me temo, se hayan descolorido!
Tan concentrada estaba en hilar la lana, que al oír la queja inesperada, la princesa erró en el huso, pinchándose en el dedo corazón con la aguja afilada. Definitivamente no saldría el Sol, por primera vez, en mucho tiempo.
Segismunda llevó el dedo a la boca para chupar la sangre que de la yema brotaba. Al observar la silueta, otrora esbelta, de su marido, el cielo se oscureció irremediablemente.
- Amado mío, la cantidad de amor no es el problema, pues no ha variado. Es verdad que tus leotardos se ven desmerecidos, ¿sea tal vez porque os los ponéis con demasiado ahínco?
Rigoberto, diestro en la espada, más no en el entendimiento, titubeó.
- ¡Quien sois vos y qué habéis hecho con mi amada esposa!
- Tan solo digo que en los tiempos que corren, será mejor dejarnos de cuentos.
- Os lo repito, quién sois y qué habéis hecho con la dulce Segismunda. ¿O acaso es ese huso, que está maldito?
- Vamos, vamos Rigoberto, que esa es otra historia. Envaina la espada y escucha lo que te digo. ¿O no estáis harto de comer siempre lo mismo?
Rigoberto no da crédito.
- ¡Qué decís, insensata! ¡Cómo voy a estar harto! ¿Qué queréis pues? ¿Queréis diamantes? ¿Elefantes? ¿Un kiosco de malaquita? ¿Queréis tisú?
- No, querido. Quiero el divorcio. Mañana mismo me marcho a Madrid.

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