Estaba lloviendo a cántaros y
pasaban pocos coches por la Wasrschauer strasse, pero los que pasaban, dejaban tras de sí su rastro en la acera. Nils,
llevaba largo tiempo a la espera del tranvía, resguardado bajo la marquesina.
Tan sólo tres paradas le separaban de su casa.
Cuando por fin tomó asiento se
dio cuenta del cansancio que arrastraba. Miró por la ventana. Las gotas de
lluvia salpicaban en los capós de los coches dibujando sobre ellos un
pequeñísimo manto blanco. En la parte delantera, unos turistas protestaban y
otra señora enrollaba un paraguas. Cerró los ojos, arrullado por la intensidad
de la lluvia. Estaba entretenido en sus propios pensamientos, cuando un
escalofrío recorrió todo su cuerpo. Una mujer había ocupado el asiento
contiguo. Estaba empapada y el contacto con su piel, fría, húmeda, había
provocado en Nils aquella descarga. La mujer sonrió, ruborizada por lo que la
lluvia había hecho de ella y de su vestuario. Tenía la camiseta tan pegada al
cuerpo que podía adivinarse la generosidad de su pecho. La tela blanca se
adhería como una segunda piel que no mentía. Al descubrir dos círculos casi perfectos de un color
más oscuro, Nils sintió cómo toda
su sangre se amotinaba en el interior de su pantalón, pidiendo guerra. Devolvió
la sonrisa y agachó la cabeza, abochornado por el impulso sexual que le azoraba
en ese momento.
Al bajar la vista descubrió unas
hermosas piernas en las que no había reparado hasta entonces. La falda, muy corta, se arrugaba entorno
al vientre, ocultando el sexo de aquella desconocida. Nils imaginó lo que no
podía ver, mientras recorría con la mirada cada centímetro de carne al
descubierto. Desde los pies descalzos hasta el muslo húmedo, había una
distancia infinita que se plegaba sobre la rodilla. Un nuevo impulso recorrió
su ser. Entonces alargó la mano, como un niño que no alcanza su juguete
favorito, para acariciar el muslo, decidido a llegar hasta el rincón más
oculto. El gesto fue recibido sin hostilidad. A su paso se abrieron las piernas
como acequias y la mano desapreció, sin ningún pudor, bajo la falda. Miró nuevamente a la desconocida. Ella
también quería jugar. Mientras le desabrochaba los primeros botones y el
capullo rosado sobresalía de entre la bragueta, los turistas bajaron y nuevas
personas pasaron al interior. Bajo la falda, Nils sorteó las braguitas, echando a un lado aquel
minúsculo trozo de tela y acarició la vulva que con tanta generosidad le
recibía. Sentía la mano extraña, aun fría y delicada, en su entrepierna. El murmullo de la lluvia y el olor a
humedad recordaban a un prado virgen. Primero se movió con delicadeza,
explorando cada pliegue de aquella carnosidad. Escuchó su propia respiración
acelerada y reconoció la de ella, que empezaba a gemir de placer en el asiento.
Después, movió sus dedos sin compasión, introduciéndolos una y otra vez en la
vagina, sin dejar de acariciar el clítoris desconocido, hasta que ocurrió el
orgasmo.
Cerró los ojos, roto de placer,
mientras abotonaba los pantalones, procurando recuperar la calma. Al abrirlos de nuevo, la mujer se había
desvanecido, como un recuerdo. Escuchó la locución que avisaba de la próxima
parada. Se incorporó aturdido y bajó del tranvía como un autómata. Entonces se
detuvo. Acercó a la cara la mano que había soñado aquel encuentro e inspiró con
fuerza. La lluvia golpeaba con ganas, pero el hombre permaneció inmóvil, tratando de no abandonar ese
instante. Estaba inundado.
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