Al salir del curro no sabía que hacer, pero sabía que no quería ir a casa. Tenía tres planes diferentes, pero como el que de verdad le apetecía no estaba a su alcance, se decantó por el plan más cerca del restaurante, la fiesta en casa de Stepho. Así que esperó, sentada en la barra del bar, gintonic en mano, a que hicieran caja, pues había acordado con Andreas, uno de los camareros, ir juntos cuando terminaran. Andreas le parece un personaje. Bien pensado, todos son unos personajes, incluida ella misma, en su papel de extranjera de acento imposible.
Ya estaban apunto de cerrar
cuando apareció Sebastian con su hermano pequeño, Sebastian2.
Andreas es un camarero homosexual
de cincuentaypico años. Sebastián es un abogado delgaducho, entrado en la cuarentena
y sin ningún tipo de habilidades sociales.
Rosetta, la spülerin, se sienta a
su lado. Llaman a un taxi.
En el taxi van Sebastian y su
réplica, Rosetta y ella. Andreas va en bici.
Mientras se preguntaba a si misma
por qué no se habría ido con sus amigas, tuvo ese momento de irrealidad que
tanto desconcierta. ¿Cómo coño acaban en un taxi dos superabogados idénticos,
una spülerin y una extranjera? Y supo que la noche iba a ser larga.
Nunca antes había estado en casa
de Stepho. En realidad, nunca antes había estado en casa de ningún compañero
del trabajo a excepción de su amiga Teresa, pero eso fue antes de que la
echaran.
Stepho es el cocinero más guarro
que haya visto jamás. Es de proporciones gigantes y cuando se mueve entre los
fuegos de la cocina, da la sensación de ser torpe como un elefante y su
uniforme siempre acaba lleno de salsa de tomate.
La novia de Stepho les enseña la
casa y en cada habitación cuenta una anécdota, que entiende a medias. Empieza
por el dormitorio. La cama de madera de roble, a juego con la cómoda y el
armario eran de la abuela. Observa sus diminutos ojos mientras cuenta la
historia de cómo la madre de su abuela y el padre no pudieron casarse. No habla
de amor, sino de clases. Habla despacio y del tono de su voz se desprende una emoción que no sabe identificar correctamente. ¿orgullo? ¿cariño? ¿compaisón? El hombre, que acabó casándose y formando su propia
familia, quiso participar en la vida de esa hija desconocida y
le regaló el dormitorio. Los muebles son verdaderamente impresionantes.
En el salón hablan del gato, al
que Sebastián no quiere acercarse. Hay un montón de fotos repartidas por la
habitación. Para llegar al cuarto
de baño y al estudio, atraviesan la cocina, la mejor parte de la casa. Es un
espacio enorme, diáfano, con una mesa de pingpong en el medio. Las cocinas
alemanas siempre son cálidas, pero esta se lleva la palma. Hay invitados que no
conoce, con los que apenas intercambia unas palabras, mientras busca algo de
comer.
Llaman a la puerta. Son Ben y
Teresa. Están completamente pasados.
Ben es un galés entrado en años,
que ha cambiado una mujer y dos niños pequeños por una más joven. Aparece con
sus gafas de sol, creyendo ser un estrella de cine o una estrella del rock,
aunque hoy se le permite, porque es su cumpleaños. Teresa es una persona que
siempre le ha intrigado. A veces, cuando todavía trabajaba en el bar, se
“olvidaba” los pantalones en casa, da igual que fuera a mediados de diciembre y
que en la calle hiciera -17 grados. Digamos que es una mujer que le gusta
quedarse en bragas. Hoy lleva un vestido rosa, de corte recto y una cremallera.
Calza unos zapatos imposibles de terciopelo azul y lleva una liga negra, que
enseña a la menor ocasión.
Cuando entran, ella está sentada
alrededor de la mesa-comedor intentando sin demasiado esfuerzo integrarse.
Sostiene sobre las rodillas un plato de pollo, que estaba disfrutando. Ben se
le acerca, como el macarra de barrio que es y le arrebata el pollo sin mediar
palabra. No mastica, engulle y al tragar hace un ruido asqueroso. Ella eleva el
plato, para que no le manche, como si fuera un perro al que hay que educarle. Cuando
termina, devuelve los huesos al plato y como premio le planta un beso con la
boca toda llena de grasa. Le odia. Le odia porque es su jefe. Le odia porque es
un machista, un abusón de patio. Pero sobre todo, le odia porque todo no fue
suficiente.
Juega un ratito con Sebastián al
pingpong, pero juega mejor con su clon.
De repente, sin venir a cuento,
como sólo ocurre con los borrachos o con los niños, su amiga se pone a llorar.
Sus sollozos se elevan por encima de la música y del murmullo general, que no
se apaga. Es un llanto sordo, que se mete en la cabeza como una mala canción.
Nadie hace nada, nadie dice nada. Ni si quiera cuando Teresa se marcha. No
entiende nada. Busca la complicad en la mirada de Andreas, que asiente con la
cabeza desde un rincón, sin decir palabra. Encima de la mesa un montón de botellas, la mayoría vacías y restos de comida. La tensión se relaja cuando Ben se
marcha.
Se reintegra en el grupo que
juega una ronda múltiple en la mesa de pingpong, pero la eliminan a la primera.
Echa un vistazo a su alrededor. Sebastián se ha lanzado al vodkamate y sus
habilidades sociales mejoran considerablemente. Rosetta va ganando a Sebastian2
en la ronda que acaba de eliminarla. Stepho, como buen anfitrión, procura
bebidas y comidas a sus invitados, a quienes parece que la escena no les ha
perturbado, mientras su novia sonríe con su diminuta boca y toma fotografías de
todo lo que está pasando. Andreas permanece en su rincón. Empieza una nueva
ronda, pero la extranjera no tiene más ganas de fiesta y decide irse a casa, donde
no se siente una extraña. El lenguaje no es la única barrera.