El sol de aquella tarde era una bendición después de tantos días nublados, o al menos, ese pensamiento se cruzó fugaz por la cabeza de Adam, mientras paseaba su desnudez hasta la mesa. Desde la calle, a través de la ventana abierta, subía el ruido de la gente y de los coches, pero sobre todo, el hombre se concentró en el sonido de las hojas de los árboles y el viento.
Alcanzó el porro que se había reservado en el cenicero.
- ¿Tienes frío? Preguntó, mientras daba otra calada.
- No.
Adam, que la miraba a los ojos, respiró profundamente y ella no pudo aguantar la mirada, presa de su propio sentimiento de culpa y agachó la cabeza.
- Esto se ha acabado, ¿eh? Preguntó ella, rompiendo un silencio tan incómodo como largo.
- Pues sí, eso parece. Contestó él, como contestan lo que no sienten culpa o los que saben que el tiempo es así, que siempre cambia.
Adam se metió nuevamente en la cama, cabreado, pensando en todas las cosas que tenía que hacer esa tarde. Pensando en ese sol que tan poco calienta y en la mujer desnuda que tenía al lado, de repente tan extraña y tan molesta.
- ¡Oye!, dijo ella, apretándole un pie, en un intento por frenar lo inevitable. ¡Nene! Pero su nene se recostó sobre la pared con las piernas juntas, sin hacerle caso, como hacen los niños que no quieren jugar. La chica se levantó a cerrar la ventana y volvió a la cama.
- ¿Qué quieres? Dime, ¿qué más quieres? ¿Para qué has venido? ¿eh? Dime, ¿para esto has venido?
Ella estiró el brazo hasta alcanzar el cenicero y le lanzó un calcetín. Dio una calada.
- No. He venido para arreglar las cosas.
Él la miró desconcertado.
- Deberías irte. Tengo cosas que hacer.
- El domingo pasado conocí a alguien. Dijo ella, tras un silencio tan largo como la distancia que había entre ellos.
El hombre ni la escuchó.
- Yo estaba en la S-Bahn, sentada al lado de la ventana, leyendo un libro que me han prestado.
- ¿Cuál? Preguntó con desgana, deseando terminar cuanto antes con todo aquello.
- De pronto me sentí observada. Alzo la vista y veo a una chica sentada en frente de mi, que me observa con curiosidad. En realidad, observaba el libro, así que se lo mostré. No sabría decir en qué parada se subió. Puede que incluso ya estuviera allí antes de que yo me sentara. No lo sé. Sólo sé que hasta entonces no me había fijado en ella ni en su enorme sonrisa. Era francesa.
Adam, que ha recuperado el porro, la escucha sin prestar demasiada atención.
-En serio, esto ha sido un error. Deberías marcharte.
- Hablamos del libro, continuó la chica, de Berlín y acabamos hablando de nosotras mismas. Me contó que estaba visitando a unos amigos que viven aquí desde el año pasado, aunque hoy la imagino en París, sentada en un diván. Tenía un acento tan francés y era tan jodidamente guapa, que tú también te hubieras sentido atraída por ella.
Al oír aquello, sin saber todavía porqué, el chico se empezó a interesar por la historia.
- Me sentí tan cómoda hablando con ella que creo que me hubiera pasado dos o tres paradas más, las que fueran por seguir conociéndola. Pero no hizo falta, porque ella también se bajó en Neukölln, así que caminamos juntas por la Karl Marx Straße hasta mi plaza y, cuando iba a despedirme, me propuso que me fuera con ella.
- Berlín es mágico en esta época del año, ¿no te parece?
Adam asintió con la cabeza, como asienten los que quieren que les dejen en paz.
-Me dijo que sus amigos habían comprado un par de botellas de vino para despedirla y que seguro que me caían muy bien.
- ¿Qué pasó después? ¿Te fuiste con ella?
- ¡Pues claro que me fui con ella! Después estuvimos todos juntos en la cocina, picoteando un par de sobras que había encima de la mesa. Me serví una copita de vino y cuando terminé el vino y se agotó la conversación, Anne rellenó mi copa y me llevó de la mano hasta una habitación.
- ¿Anne?
La muchacha sonrió.
-¿Cómo era?
- Tenía el pelo corto, a lo chico y del color del fuego. Creí que era más alta que yo, pero cuando se quitó los tacones me di cuenta de que éramos de la misma estatura.
- Anne tenía razón, los chicos eran muy majos, pero a mi no me interesaban ellos. Yo estaba completamente atrapada por esa desconocida de sonrisa inmensa, tan llena de posibilidades. Si no fuera porque en ese momento estaba sonando una canción de Gnarls Barkley, todo hubiera sido jodidamente perfecto.
-¿Y?
- Y cerró la puerta. Yo me senté en la cama, con las piernas dobladas. Sus maletas estaban a medio hacer, ocupando buena parte de la habitación, como puestas adrede, para recordarme que no habría un mañana. Y me puse a hablar muy deprisa, como hago siempre que me pongo nerviosa. Y ella se empezó a reír. Me preguntó si era mi primera vez y entonces yo también me eché a reír.
La chica hace una pausa para beber un poco de agua. Está colocada y su voz se ha vuelto algo más ronca y su lengua algo más torpe, pero el alma la tiene encendida.
- ¿Qué pasó después?
- Anne se sentó a mi lado. Creo que en ese momento yo hablaba de París, de las ganas que tenía de conocer esa ciudad y ella me dijo: “Paguí es muy aburido” y luego me besó. Su lengua me pareció pequeña. Cuando nos separamos, creo que por nerviosismo, me volvió la risa. Aunque puede que también por el vino. No recuerdo ni una sola vez en la que me haya sentido tan torpe. Ni siquiera estaba segura de querer hacerlo. Pero antes de que pudiera formularme a mi misma esa pregunta, volvió a introducir su lengua en mi boca y me tumbó en la cama. No tenía ningún control de la situación. Anne empezó a besarme por el cuello y a comerme la oreja. Sentía que su respiración se iba acelerando, igual que la tuya y cerré los ojos. Su pelo me hacía cosquillitas en la cara. Adam también cerró los ojos, vencido por la pasión que la narradora ponía en contar su historia, e imaginó dos cuerpos, uno perfecto y otro accesible.
- Creo que la falta de control era lo que más me excitaba. Por primera vez no tenía ni idea de qué iba a pasar, de cómo iba a pasar y me puse muy cachonda.
- Estaba encima de mi cuando se quitó la blusa. No llevaba sujetador y al ver sus tetas no sé que me pasó. Sencillamente no podía dejar de mirarlas. Tenía los pezones mucho
más grandes que los míos y más marrones. Observé su cuerpo. "Et toi" me dijo y me di cuenta de que no tenía voluntad. Cuando le mostré mis pechos, se lanzó a por ellos, como si fueran las únicas tetas que quedaran en el mundo. Y yo miraba aquel techo blanco y de vez en cuando bajaba la vista para mirar a esa pequeña zorra que se iba deslizando hacia mi sexo. Si en algún momento tuve dudas, desaparecieron. Se escondieron debajo de la cama, porque en ese momento lo único que quería era que me hiciera sentir bien. Que pasara su lengua por cada centímetro de mi cuerpo hasta gemir de placer.
El hombre, que se había abandonado por completo a la historia de su amante, acariciaba su sexo. Un sexo que hasta duele por la hinchazón.
- Cuéntamelo todo.
- Nunca había sido tan sumisa. Tan dispuesta. Tan abierta al placer propio. Tan egoísta.
Anne estaba como poseída y sus ganas alimentaban las mías. La idea de nuestros cuerpos desnudos, en aquella casa ajena, dispuestos para darse placer mutuo, pudo conmigo. Y yo ya estaba completamente empapada, antes incluso de que Anne empezara a comerme.
- Y volví a mirar al techo. Al principio movía la lengua en círculos sobre mi clítoris, mientras con los labios hacía presión. Pero pronto empezó a lamerme como una loca. Y cuanto más me daba yo más quería.
La mujer, que se había abandonado por completo a su historia, observó al amante con el que compartía la cama, un niño perdido en un supermercado, indefenso.
- Y del techo me fui al cielo. Y mientras me estaba corriendo, a traición, sin darme ni un solo momento de tregua, introdujo sus dedos en mi coño y me volví a correr.
Encendió la luz. Who's gonna save my soul now?... Adam se estaba limpiando con un trozo de papel.
-Después se acercó a besarme con restos de mi flujo todavía en la cara. Made me feel like somebody… Y la deseé con todas mis fuerzas. Like somebody else… Who's gonna save my soul now? Definitivamente Berlín es una ciudad alucinante, pensó, mientras recogía todas sus cosas.
domingo, 20 de mayo de 2012
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