viernes, 20 de noviembre de 2009

elhombreperfecto.com

- ¡Quiero devolverlo!
- Un momento, por favor. La telefonista la puso en espera por tercera vez.
María estaba cada vez más nerviosa, pero sabía que si se enfadaba no iba a lograr nada así que respiró hondo y se dedicó a pasear por el salón de su casa, teléfono en mano.
- ¿No está contenta con nuestro servicio? Preguntó una voz al otro lado.
La mujer, que observaba desde la ventana cómo su hombre quitaba las malas hierbas del jardín, volvió de su ensimismamiento.
- No, no es eso. El servicio es excelente, dijo, observando cómo se le ajustaban los tejanos, ligeramente gastados, a aquel ser verdaderamente perfecto. Simplemente… quiero devolverlo, insistió.
- Me temo que no va a ser tan sencillo, contestó la operadora. Es la primera vez que ocurre algo así, se lo aseguro. Veamos…
María volvió a respirar hondamente. Maldita la hora en que se le ocurrió solicitar uno de aquellos hombres perfectos. Ella quería alguien que la escuchara, sí. Que fuera su amigo. Que la hiciera el amor por las mañanas y la llevara al trabajo. Un hombre atractivo, con una buena profesión y amigo de sus amigos, sí. María no creyó que aquella realidad existiera, pero existía. Tenía nombre y apellidos y se encontraba arreglando la valla de su jardín en ese momento.
- Disculpe la espera. Estoy accediendo a nuestra base de datos, le indicó la voz. Aquí lo tengo. Usted solicitó un varón caucásico, treinta y cuatro años, setenta kilos, uno setenta y ocho, pelo castaño, ojos verdes, no fumador, sensible, deportista…
María sólo acertaba a contestar un “aha” tras cada nota de aquel interminable informe y mientras, observaba cada movimiento del ser perfecto.
- Dígame entonces, ¿cuál es el problema?, insistió la telefonista.
- El problema, contestó, tratando de localizar los ojos verdes del jardín de su casa, es que este hombre es… María resopló, buscando con la mirada, es… demasiado perfecto, dijo precipitadamente. El hombre había desaparecido y una hilera de piedras se amontonaban en la entrada.
- Ya entiendo, contestó, la operadora. Me temo que no podemos ayudarla. Le recuerdo que ha firmado un contrato, continuó la voz. Usted aceptó las condiciones generales que rigen para la contratación de los servicios de elhombreperfecto.com donde se especifica claramente que en ningún caso se admitirán devoluciones. Buenos días.
María siguió buscando, con el teléfono todavía en la mano. ¿Pero dónde se ha metido? Apareció de repente, con la camisa desabotonada y un ramito de flores entre las manos. Sonrió, dejando ver una sonrisa sincera y perfecta.

martes, 17 de noviembre de 2009

EL DESEO

Apareces por el lado izquierdo, contorneando las caderas al ritmo del tam-tam que abre el primer número. Kratz el mago enmascarado espera subido en una plataforma rectangular, en medio del escenario. Hay otras dos plataformas idénticas, una a cada lado del mago, suspendidas en el aire. Avanzas en dirección a Kratz. Eres de una belleza exquisita, largos cabellos color azabache y la piel morena. Llevas un sujetador negro que deja ver un abultado pecho y una falda hecha de jirones de tela que se mueve con cada movimiento. Tam-tam. Llegas a la plataforma donde espera el mago, que te tiende la mano para ayudarte a subir. Sin perder la sonrisa, atas al enmascarado en forma de cruz por ambos brazos mediante unas gruesas cuerdas de nylon blanco y después bajas luciendo tus hermosas piernas. Tam. Echas a tu paso una cortina para ocultar al ilusionista. Sube la intensidad de la música y la plataforma del mago comienza a elevarse. Tam-tam. Primero desciende la plataforma del centro y después las otras. Abres la cortina, Kratz ha desaparecido. Pareces sorprendida. Te diriges hacia la segunda plataforma. Te llevas las manos al rostro y corres hacia la última de las plataformas, ni rastro de Kratz.

Poco a poco vas entendiendo que todo es un sueño. Te estiras en la cama sin abrir todavía los ojos. Ayer bebiste demasiado. Estás confusa. Reconoces tus sábanas de seda y tu almohadón de plumas. Anoche estuviste en aquel bar, cerca de la oficina. Unos segundos más y caes en la cuenta de que no estabas sola, había un hombre, Ramón o Raúl, no lo recuerdas. Decides abrir los ojos. No hay nadie más. Te incorporas lentamente e intentas recomponer el puzle. La luz de la mañana envuelve la habitación. Te duele la cabeza y tienes la boca seca de tanto fumar. Ayer te acostaste con ese tipo. Fuiste a aquel bar de la esquina para tomar una copa. ¡Joder! Debiste de cerrar el bar. Te sentaste en la barra y pediste un gin-tonic de Hendricks con dos rodajas de pepino. Recuerdas que no tenías fuego y que el camarero te regaló unas cerillas. No querías volver a casa. Era jueves por la tarde, habías entregado tu texto a tiempo y al día siguiente podrías descansar. No hablaste con nadie hasta la tercera copa, entonces te pusiste a bailar. Tam-tam. En la mesita, junto a la lámpara hay un cenicero lleno de colillas. También ves el tabaco y los malditos fósforos. Alargas el brazo hasta alcanzarlos. Es un paquete desplegable con el logo del bar en ambos lados. El deseo. Faltan la mitad. Te recolocas en la cama con las piernas recogidas y miras hacia el lado vacío. Lo pasaste bien anoche. Coges un cigarrillo y te lo llevas a la boca. Cortas una cerilla, la enciendes y prendes el cigarro con él. Intentas recordar el nombre de aquel tío, mientras te fumas el cigarro sin ganas.