domingo, 5 de julio de 2009

HABITACIÓN 324

Esta mañana he llamado a la oficina y le he dicho a mi secretaria que anulara las citas de hoy. Me ha dicho que no me preocupe. Ella sabe que las cosas no van bien últimamente. He esperado un par de minutos a que Julio cogiera su coche y le he seguido. Creo que ha sido lo más emocionante que he hecho en mi vida. No me considero una mujer atrevida. Empecé a salir con Julio en la Universidad, él estudiaba Derecho y yo Psicología. Nos conocimos en una fiesta. Cuando terminamos la carrera decidimos casarnos. Yo monté un gabinete y el empezó a trabajar en el departamento jurídico de una empresa importante. Hemos intentado quedarnos embarazados muchas veces. Al final hemos dejado de intentarlo.

Cuando subí en el coche me miré en el retrovisor. Saqué de la guantera un paquete de tabaco. Busqué en el bolso un mechero, encendí el cigarrillo y me puse las gafas de sol. Volví a mirarme en el espejo, le di una calada y arranqué el coche. Le seguí por las calles de Madrid. Había demasiado tráfico. Mientras conducía empecé a pensar en cómo reaccionaría si encontrara a mi marido con otra. Nunca sabes cómo vas a reaccionar en una situación así. Pero Julio jamás haría una cosa así. Julio me quiere. No sería capaz.
Su coche se detuvo en la Carrera de San Jerónimo a la altura del Palace. Vaya, pensé, el hotel más caro de la ciudad. Julio se bajó del audi y le dio las llaves al aparcacoches. Esperé a que entrara en el edificio y bajé del coche. Mi corazón estaba desbocado. Todo era demasiado improvisado. Tenía la sensación que aquello no iba a salir bien. ¿Debía seguirle hasta la habitación? Julio desapareció a través de la puerta giratoria. Fui tras él. Era una puerta enorme, de cristal doble, fría y pesada. Le volví a ver junto al mostrador. Le observé en la distancia. Seguía pareciéndome el hombre más guapo del mundo. Al cabo unos minutos se dirigió a la escalera. En su mano sostenía una llave magnética. Empezó a subir. Entonces me acerqué al mostrador.
-¿Perdone, puede decirme en que habitación se aloja …?dudé por un momento. Recordé el nombre de ese periodista que tanto le gusta ¿En qué habitación se aloja Javier Mendoza?
La recepcionista me miró de arriba a bajo detrás del mostrador.
- Llego tarde. Me estará esperando. Dije antes de que pudiera preguntarme algo. Parecía una puta. Llevaba el mini-vestido negro que tanto le gusta a Julio. No me había quitado las gafas de sol.
Tecleó el nombre en el ordenador. Habitación 324. Lo dijo con desgana.
-Gracias.

Esperé al ascensor. Mientras subía me pinté los labios y me coloqué el escote. Seguía siendo una mujer atractiva. En seguida me encontré en la tercera planta. La moqueta roja amortiguaba el ruido de mis tacones. Recorrí aquel pasillo hasta que llegué a la habitación. Toc-toc. Julio abrió casi al instante. Llevaba la camisa por fuera. Se había quitado la chaqueta y la corbata.

-Te estaba esperando, me dijo.
Eché un vistazo a la habitación. Aquella situación era bastante excitante.
Pasamos todo el día en el hotel. Después volvimos a casa.

viernes, 3 de julio de 2009

CASAS VIEJAS

Corrían los primeros días de enero de 1933, en una España republicana, campesina y revolucionaria. Insurgentes cenetistas y faístas provocan altercados en distintas zonas de la geografía española: Zaragoza, Murcia, Barcelona, incluso en Madrid hubo algún tiroteo aislado. El Gobierno controlará la situación con relativa facilidad, sin embargo, en un pueblecito de la provincia de Cádiz, campesinos y jornaleros instalan el comunismo libertario…

-Señor, me temo que otro grupo de anarquistas se ha sublevado cerca de Medina Sidonia, dijo el Ministro de Gobernación, irrumpiendo en el despacho de Manuel Azaña.
Azaña, alzó la vista del periódico que hasta ese momento ocupaba su mente y preguntó, visiblemente molesto por la interrupción, ¿cuántos con?
-Según nos han informado, no son muchos, señor. Los habitantes del pueblo.
Azaña guardó silencio un momento. Esto tiene que acabar, pensó. Todavía estamos a tiempo. - Está bien, dijo carraspeando la voz. Envíe a la Guardia de Asalto.
Al ver que Azaña había vuelto a su lectura, el Ministro comprendió que el problema estaba resuelto y se marchó. Azaña continuó con la columna que estaba leyendo.

Tres días antes, en una lejana y olvidada aldea gaditana conocida como Casas Viejas, un grupo de campesinos, desengañados de la II República y hartos de su miseria, decidieron levantarse en armas y proclamar la revolución libertaria, convencidos de que en otras ciudades y pueblos de España la revolución había comenzado.
Por la tarde, Antonio Cabañas “El Gallinito”, José Morro y otros hombres, embravecidos y desesperados, fueron a buscar al alcalde para que comunicara al sargento de la guardia civil que debía rendirse.
-¡Sargento! Gritó un hombre, podemos hacer esto de forma pacífica. Salid y uníos a nosotros, ¡compañeros!-
Como ocurre en todas las poblaciones pequeñas, aquellos hombres se conocían bien. El sargento no podía imaginar, por muy caldeada que estuviese la turba, que aquella noche recibiría un tiro que días mas tarde le costaría la vida y menos, por una República en la que no confiaba. Pero así fue. La agitada muchedumbre aguardaba a las puertas del cuartel. Los sitiados pidieron refuerzos a Medina Sidonia. Cuando el sargento y otro guardia salieron, los insurgentes, al verles armados, desconfiaron de sus intenciones y les dispararon. Ya no había marcha atrás. La revolución había comenzado y, por primera vez, aquellos hombres se sintieron parte del engranaje que transformaría la sociedad. Nada hacía presagiar la contundente reacción del Gobierno de Azaña.

En Madrid aquella revolución parecía no tener importancia. Como cada mañana, después de leer la prensa diaria y de despachar los asuntos de gobierno, algunos de ellos tan urgentes y desagradables como la decisión de mandar a las tropas de asalto que había tomado horas antes, Manuel Azaña aguardó la visita de su sastre.
La prenda que había encargado estaba casi terminada. Sólo necesitaba unos arreglos.
Mientras Azaña observaba al sastre marcar la tela de la pierna derecha con alfileres, le espetó:-Tenga usted cuidado, no me vaya a pinchar.-
Sin embargo, el tono con que Azaña hablaba a aquel viejo era amistoso, cercano y el sastre no pudo evitar sonrojarse –Descuide, señor.
Cuando el hombre pasó a medir el largo de manga, Azaña estaba convencido de que aquel traje era justo lo que necesitaba.

Los refuerzos de la Guardia de Asalto y la Guardia Civil, al mando del capitán Manuel Rojas, llegaron un 11 de enero. Entraron en el pueblo a tiros, matando a dos campesinos que encontraron en la calle.
Algunos revolucionarios huyeron al monte. Otros corrieron a refugiarse en sus casas, muchas de ellas, chozas de barro y paja. Sólo les quedaba esconderse. Francisco Cruz, conocido como “Seisdedos”, decidió quedarse. Por la noche, la Guardia de Asalto sitió su choza. En ella permanecía junto con su familia y algunos vecinos. Empezaron las negociaciones. Obviamente sólo podían rendirse. Pero Manuel Rojas tenía otros planes. Al alba, dio órdenes a sus soldados para que incendiaran la casa. La techumbre no resistió y aquellos desgraciados perecieron calcinados.

-“Es preciso, que ahora mismo, en media hora, hagáis una razzia.”- Dijo el capitán, dirigiéndose nuevamente a las tropas.
Los guardias registraron las casas en busca de culpables. Los desafortunados fueron conducidos hasta la corraleta de la choza devastada para que vieran con sus propios ojos los cadáveres de sus compañeros. Y allí, al grito de “fuego con ellos”, los fusilaron.

Días después, en el periódico La Libertad, los españoles podían leer los “Sucesos de Casas Viejas”, un artículo de Ramón J. Sender. Según sus propias palabras “El detalle no importa. Si los “relatos realistas” se apoyan en el detalle es para destacar la configuración política del hecho en su conjunto. Eso es necesario para que el país conozca la verdad y pueda deducir las responsabilidades e imponerlas ejemplarmente... Los muertos acusan y seguirán acusando... La cosa es más profunda. Es una cuestión de sistema…¿qué nueva lógica oportunista y maquiavélica encontrarán para este caso los dirigentes socialistas? Porque la base hace tiempo que ha calificado los hechos".

jueves, 2 de julio de 2009

SILENCIO

Ana no se encontraba bien y había salido antes del trabajo, por eso ya estaba en casa cuando Miguel llegó. Ana y Miguel acaban de alquilar el piso en la calle Ferraz. Vieron el anuncio en el periódico, llamaron. Era una agencia. Les gustó el apartamento y se lo quedaron.
-¿Has visto las aspirinas? Preguntó la joven después dar un beso a su novio, que todavía no se había quitado el abrigo. No las encuentro, añadió.
-Creo que no quedan, contestó él, tras revisar el armario del baño.
Miguel acababa de llegar pero no le importó volver de nuevo a la calle para comprar el medicamento. Cuando regresó, Ana estaba sentada en el sofá con las piernas recogidas, comiendo un yogurt.
-Ha llamado tu madre- dijo la joven alzando la voz para que su interlocutor, que estaba en la cocina, la oyera.
-Quiere que vayamos a comer mañana, continúo la chica disminuyendo el tono. Miguel había regresado al salón con un vaso de agua en una mano y las aspirinas en la otra.
-Ten, cariño -dijo el muchacho, sentándose en el sofá junto a ella. Ana dejó el yogurt encima de la mesa, para tragar la pastilla.

Charlaron despreocupadamente. Miguel se mostró contento con una venta que había realizado esa misma tarde. Calcularon juntos las comisiones que se llevaría por la operación.

-¿Tienes hambre? Preguntó ella al cabo de un rato. Hay espaguetis ¿Quieres cenar ya?

Estaban poniendo la mesa cuando el móvil de Miguel empezó a sonar. La conversación telefónica duró a penas cinco minutos. Cuando Miguel terminó a hablar se dirigió a la cocina donde estaba Ana cortando algo de pan y le confirmó que esa noche trabajaría.
-Entiéndelo, nena. Ha fallado un chico. Sólo será esta noche, dijo mientras separaba un mechón de pelo rubio que caí sobre la frente de Ana.
Miguel prometió compensarla por no pasar la noche con ella y Ana le pidió que no llegara muy tarde. Se besaron.

Cenaron con calma, hablando de las cosas que harían cuando tuvieran dinero.
Después Miguel se dio una ducha.

Cuando llegó a la zona de marcha, Miguel saludó a los porteros de los otros bares.
-¿Qué pasa tío? Creí que ya no trabajabas en la noche- comentó un hombre alto y corpulento al tiempo que le estrechaba las manos con un cálido saludo.
-Ya ves, contestó Miguel encogiéndose de hombros.
-Ya sabes dónde estoy, dijo el alto, guardándose las manos en los bolsillos del anorak. Miguel agradeció el gesto y se dirigió a la puerta del local en el que trabajaría.
La noche transcurría tranquila hasta que otro portero se acercó a buscarle.
-Creo que en el Tito’s están teniendo problemas, dijo el gorila.
-¡Vamos! Contestó Miguel, dando un golpecito en la espalda de su compañero.
Cuando llegaron a la puerta del Tito’s había un chaval en el suelo. Sólo quedaba él. Los amigos habían salido corriendo. Sangraba abundantemente por la nariz. Seguramente la tuviera rota. Un hombre le dio una patada en el costado. -A ver si aprendes, pringao, dijo con rabia. El chico se retorció en el suelo. Miguel también le golpeó. Todos le golpearon. Después volvieron a sus trabajos.

Cando las luces de los locales se encendieron y la música dejó de sonar, Miguel decidió volver a casa. Entró en la cocina sin hacer ruido. Sacó del congelador una bolsa de hielo y metió la mano dentro. Después se fue a la cama.



-¿Cielo, me pasas la mantequilla?
Ana alargó el brazo hasta alcanzar la tarrina semivacía.
-Toma, sírvetela toda. Yo no quiero más. No me encuentro bien, añadió la joven y se levantó de la mesa para tumbarse en el sofá. Miguel siguió comiendo. Al terminar de desayunar se acurrucó junto a la mujer, que estaba adormecida. Ana tuvo que reacomodarse para hacerle un hueco. Miguel la rodeó con su cuerpo y permanecieron así, en silencio.

FAMILIA FELIZ

-Mi mujer no sabe que soy extrasexual y me lo monto con extraterrestres.
-En estos momentos se estará enterando, ¿no cree? Preguntó la presentadora esbozando media sonrisa.
El muchacho, sentado en un sofá de dos plazas de color chillón, intentaba justificarse ante el murmullo de los espectadores.


Ring-ring. Francisca se incorporó lentamente, apoyando sus manos rollizas en los brazos del sillón. Ring-ring. –ya voy, ya voy- dijo por inercia mientras llegaba hasta el mueble donde se hallaba el aparato.
-¿Diga?...la mujer se olvidó por completo del programa de televisión.
-…¡Ay! Que alegría me das, hijo mío…
-…¿A la una y media?
-…Hasta ahora, cielo. La mujer colgó el auricular y se llevó las manos al pecho de la emoción. Tras unos segundos, volvió en sí, echó un vistazo a su alrededor y decidió que haría café por si Ernesto aún no había tomado.

Hora y media después Ernesto subió en el ascensor y abrió la puerta de la casa con sus propias llaves. Su madre le esperaba en el salón. Estaba viendo otro talk show en la televisión. Al oír los pasos, Francisca trató de incorporarse.

-¿Qué tal estás, mamá?
-Ahora bien, hijo, déjame que te vea… ¿Está lloviendo? Preguntó la mujer.
Ernesto afirmó con la cabeza al tiempo que se quitaba el abrigo y lo colocaba en el respaldo de una de las sillas del comedor. Después se inclinó sobre el sillón para besar a su madre.
- Hay café. ¿Quieres café? Peguntó Francisca.
El hijo asintió e hizo un gesto para que la mujer no se levantara. Francisca, que se movía con dificultad a causa de la artrosis, esperó en el sillón.
En la cocina, el chico abrió la tapa de la cafetera italiana, todavía caliente, e inspiró el aroma que desprendía. En la encimera encontró una taza vacía encima de un platillo a juego. Al lado de la taza estaba el azucarero y el cartón de leche. También había un paquete de galletas. Cogió una cucharilla del escurridero y se puso un café bien cargado. Después de remover el azúcar dio unos sorbos. Abrió la nevera para guardar la leche. Le cambió el humor. -Otra vez no- dijo en voz alta negando con la cabeza -¡joder!- Miró detenidamente el interior del frigorífico. Había un montón de recipientes de plástico, cerdo agridulce, costillas chop-suey, pollo al limón, más cerdo agridulce, brotes de soja... Se inclinó para dejar el brik de leche y cerró bruscamente la puerta. Regresó al salón.

-¿No me habías prometido que no ibas a pedir más comida china?- Su madre permanecía sentada, atenta a una mujer gorda que trataba de recuperar a su mejor amiga, también gorda, en un programa de televisión después de haber tenido una aventura con el marido de aquella y en ese momento le pedía perdón.
Ernesto se situó delante de Francisca. -¿Cuántas veces tengo que repetírtelo?-
Francisca no sabía qué decir. Estaba avergonzada. Porque estoy sola, pensó. Porque me paso el día sin saber que hacer. Al menos alguien viene a casa. ¿Qué hay de malo en ello?
-Son agradables- dijo por fin recuperándose un poco de la turbación que Ernesto le había provocado.
-¿Agradables?- Repitió Ernesto, incapaz de comprenderlo.
-¡Quédate a comer, hijo!- Francisca que se había puesto de pie junto al muchacho, permanece con las manos sobre la chaqueta humedecida de Ernesto, que cuelga de la silla, esperando a que el chico cambie de idea.
-Puedo llamar y decir que no vengan. Anda… ¡Apenas te veo!
Ernesto se mantiene en sus trece. ¡No! ¡Has vuelto a llamar! ¡Siempre estás igual! ¡Es que no ves que se están aprovechando!
-Está bien, hijo, como quieras- dijo Francisca con resignación y añadió en tono afectuoso: -¿Quieres llevarte algo de comida?- Enseguida se arrepintió.
Ernesto, que ya se había puesto la chaqueta y estaba abandonando el salón, se giró impetuosamente hacia su madre.
-¿Y qué quieres que me lleve, rollitos de primavera y arroz tres delicias? ¡Pero si ni siquiera tú te comes esa porquería!
Francisca siguió a Ernesto por el angosto pasillo. Su andar era torpe y pausado. Su hijo ya había llegado a la puerta.
– -Espera, toma, llévate el paraguas-
– Ernesto cogió el paraguas que su madre le ofrecía y se marchó.
El chico bajó apresuradamente las escaleras, convencido de que su madre era imbécil y que los chinos de ese restaurante eran unos cabrones que se estaban aprovechando de una mujer mayor cuando se cruzó con el repartidor en el portal. Le entraron ganas de pegarle una hostia. El chino saludó con la cabeza. Ernesto no le devolvió el saludo. Agarró con fuerza el paraguas que sostenía en la mano derecha. Te vas a enterar, pensó el muchacho. El chino se dirigía al ascensor despreocupado, con un paquete en las manos, sin reparar en que el joven se había situado tras él. Llamó al elevador. Ernesto apretó con fuerza el paraguas. Levantó el brazo con un movimiento trémulo. No encontró la ocasión. El chino subió al ascensor y Ernesto salió del edificio dando un portazo.

miércoles, 1 de julio de 2009

GREGORIE THOMPSON

Cada tres o cuatro minutos miraba el reloj. Tenía consulta a las seis en punto pero nunca era recibido antes de las seis y cuarto y eso le ponía nervioso. Mientras espera en la salita observa las revistas que tiene a su alcance; se decide por una justo en el momento en que una mujer entra en la habitación para buscarle.
-Ya puede pasar señor Thompson.
El joven siguió a la mujer hasta el despacho de la Dra. Mirrow. Una vez dentro acomodó su metro ochenta de estatura en un sillón de cuero de color marrón que hacía resaltar sus impresionantes ojos azules.
-¿Cómo se encuentra hoy señor Thompson? Inquirió la doctora desde otro sillón situado enfrente.
Gregorie se encogió de hombros.
-Así así, doctora. Las cosas con Linda no van bien. Nada bien, doctora, nada bien.
-¿Qué ha pasado esta vez, Gregorie? ¿Han vuelto ha discutir por el perro?
-¡Si sólo fuera el perro!
A Gregorie le gusta la familiaridad con que la doctora lo trata.
-El otro día me quedé embobado pensando en el futuro y Linda se enfadó. Últimamente se enfada por todo.
-¿Y ya está? ¿No pasó nada más?¿Hay algo que no me esté contando señor Thompson?
-Bueno en realidad se enfadó porque pensó que estaba mirando a otra mujer. Gregorie insistió en la palabra “mirando”, pero este dato pasó desapercibido durante la conversación, así que continuó: - Como ya he dicho, estaba pensando ¡pero si ni si quiera me di cuenta que tenía delante a esa mujer! ¡Santo cielo! Jamás he utilizado mi poder de rayos X con las mujeres y ella lo sabe.
La doctora Mirrow no se sorprendió. Después de años tratándole, había llegado a conectar con el señor Thompson y hace unos meses le confesó su verdadera identidad. Verdaderamente confiaba en su psiquiatra. Además el hombre había llegado a la conclusión de que si la doctora Mirrow le traicionaba nadie la creería. ¡Quién demonios iba a creer que él, Gregorie Thompson, un simple trabajador de un cine de la Avenida Madison, era en realidad superman! ¡Todo el mundo sabe que superman es Clark ken y que está enamorado de Loise, no de Linda! Ya no temía ser descubierto.
-¿Así que esa fue la respuesta que usted le dio? ¿qué no estaba utilizando su poder de rayos x?
Sí, contestó el hombre.
-Ya entiendo, dijo la doctora. Señor Thompson me gustaría conocer a Linda. ¿Cree que podría acompañarle en su próxima cita? Creo que sería bueno para los dos.
-¿A Linda? ¿Quiere que traiga a Linda? No creo que quiera venir. Tendré que preguntárselo. Ella no confía en los loqueros, así es como les llama.
-Entiendo.
Durante la hora que duró la consulta Gregorie no paró de hablar de su novia mientras la doctora repasaba las notas del paciente: pensamiento obsesivo, grandilocuencia, paciente paranoide, suspicaz, inofensivo… Al transcurrir el tiempo previsto, médico y paciente se despidieron con un apretón de manos.
-Hasta la semana que viene, doctora.
-Cuídese, señor Thompson.

Mientras iba hacia su casa, Gregorie no dejó de pensar en cómo le iba a pedir a Linda que le acompañara en la próxima cita. Cuando llegó a su edificio se estiró el traje. Aún le separaban 15 pisos pero ya le temblaban las piernas. No estaba seguro de cómo planteárselo. Iba pensando en ello en el ascensor. Le sorprendió que Linda no estuviese en casa pero pensó que estaría sacando al perro. No empezó a preocuparse hasta que entró en la cocina y vio una nota escrita a máquina que había en la encimera.

No voy a volver.

La nota no decía más. La dejó caer al suelo junto con sus ilusiones. Miró a su alrededor, ni rastro de Linda, del perro o de sus cosas.

* * *

-Hola, ¿hablo con el detective Mckein, de la comisaría del Distrito 11?
-Si soy yo. Dígame.
-Mire, soy la psiquiatra Mirrow, era la médico de Gregorie Thompson.
-¿Gregorie Thompson? ¿no es ese el tipo que saltó por la ventana? El caso está cerrado.
-Verá, no estoy poniendo en duda su hacer, por favor, no me malinterprete, pero tengo algunas dudas. El periódico no decía nada de Linda.
-¿Linda? ¿Quién es Linda?
-Linda era su novia. Vivía con él.
-Señora, vivía solo. Además, encontramos una nota que decía que no iba a volver. Como le he dicho, el caso está cerrado.

La doctora Mirrow colgó el teléfono de su despacho. Tal vez Linda también fuera una alucinación, ¿quién sabe? La mujer se incorporó sobre el escritorio, sacó del primer cajón su agenda de citas y tachó el nombre del señor Thompson.

LÍNEA CIRCULAR

- ¡Creo que ese viejo me ha tocado el culo!
La otra muchacha miró descaradamente hacia donde se encontraba el hombre y torció la cabeza en gesto de desaprobación.
- ¡Vamos al fondo del vagón! Le indicó a su amiga y ambas mochilas desaparecieron entre la gente.

Una vez a salvo, entre risas nerviosas y miradas furtivas, comentarán la jugada del viejo, provocando la solidaridad de los pasajeros más cercanos, que dirigen miradas de reproche hacia el anciano. Pero el hombre está más concentrado en no perder el equilibrio. El conductor tiene prisa aquella mañana y los viajeros del metro se afanan, como el viejo, en no caerse.

El hombre se llama Antonio, es viudo, tiene cuatro hijos que apenas le prestan atención y una nieta que vive cerca de donde ahora se encuentra y a la que no ve desde hace tiempo. Todos los días hace el mismo recorrido: sobre las ocho de la mañana se sube en Alto de Extremadura dirección Cuatro Caminos. Le gusta pasar por Ciudad Universitaria y Metropolitano y mirar a las chiquillas. A veces completa el recorrido de la línea circular. Aprovecha la multitud para frotarse, pero no es tanto un acto premeditado como un impulso. Desde que murió Encarnación se siente solo.

El metro abre sus puertas. Fluye el tráfico humano entre estaciones, pero Antonio permanece inalterable. Es jueves y no tiene nada mejor que hacer. El sentimiento de estar cerca del fin de semana llena a todo el mundo de alegría, menos a él. Antonio ve una oportunidad y la aprovecha. Roza con su mano otra mano extraña, de mujer joven. La fricción dura apenas unos segundos, suficientes para evocar en él tiempos mejores. ¡Ay! Encarni, Rosa, Almudena, María… La joven mueve rápidamente la mano y el viejo se disculpa.

La escena llama de nuevo la atención de las muchachas que ya habían perdido el interés por el viejo. Antonio se siente observado, interrogado por cuatro inocentes ojos y decide bajarse. Sale del tren desconcertado, un paso tras otro, pero bajo esa apariencia de seguridad, no sabe, ni siquiera, en qué estación se encuentra. Avanza unos metros. Duda si volver a entrar, pero suena el silbato. Demasiado tarde. Por unos segundos se siente perdido, pero ¿qué está haciendo? ¿dónde está? ¿porqué viaja en metro? Paralizado, ve cómo es esquivado.

- ¡Abuelo! ¡Pero qué haces aquí! ¿Estás bien? ¿Necesitas que te lleve a casa? Una muchacha le agarra del brazo. El hombre se gira sobresaltado. Al reconocer los ojos de su nieta, Antonio se emociona. No sabe darle una respuesta concreta.

La nieta le abrazará con ternura.
- Cielo, llévame a casa. No me encuentro bien.