Abre el puño con disimulo, entonces las veo, diminutas, inofensivas y sé que vamos a probarlas. Hay tres, dos rosas y una amarilla. Dice que son iguales.
Anne y yo somos amigas desde parvulario. Siempre hemos ido juntas. Cuando teníamos nueve años nos prometimos que todo lo íbamos a descubrir juntas. En octavo curso nos dimos cuenta de que todo era un concepto demasiado amplio, así que rehicimos nuestra promesa, íbamos a descubrir casi todo juntas.
- No debemos masticarla, sólo tragarla. Nos ayudaremos con la copa, dice. Y pone una pastilla rosa en mi mano mientras me guiña el ojo y traga la suya. Brindamos. Luego me lleva hacia el centro.
Cuando se pone a bailar los chicos nos miran. Baila con los ojos cerrados, sintiendo la música y yo trato de imitarla. La música me envuelve de pronto, como a un niño entre sábanas limpias. Escucho el latir de mi corazón y me asusto. Abro los ojos y allí está ella, buscando mi mirada. Sonríe con su boca roja. Se acerca a mi oído: “tranquila Sophie, sigue bailando. La música está hecha para ti”.
Entonces me abandono y olvido que estoy al norte de Paris, en el Divan du Monde. Algunos chicos se acercan a conocernos, pero no son interesantes, esta noche no. Y a mi me entra la risa cada vez que alguno lo intenta, ¿no pueden entenderlo? Estoy segura de que nos están rifando, imaginan que acabarán acostándose con alguna de nosotras, pero hoy no nos interesan ellos, sólo el éxtasis.
Anne se vuelve a acercar y me pide un cigarro. La miro con extrañeza. Ella no fuma, pero soy incapaz de ordenar las palabras, así que le doy uno. La primera vez que fumamos un pitillo casi se ahoga. Habíamos visto fumando a Odri Hepburn en “Desayuno con Diamantes” y queríamos parecernos a ella. Me encanta la textura del cine en blanco y negro. Lo enciende con torpeza. La llama ilumina su rostro. Después, humo. Anne me mira con sus enormes ojos de gata salvaje, está drogada y yo también. No puedo dejar de moverme, oigo fragmentos de otros y sobre esas voces, escucho la música. La música lo envuelve todo, lo es todo. Pedimos otra copa.
¿Te acuerdas de octavo curso? Me pregunta junto a la barra. Intentaría hacerme la tonta, pero me conoce demasiado bien. Aquel año nos dimos un beso, un beso largo y con lengua. Ella había quedado con un chico del colegio y tenía miedo de que quisiera besarla, porque nunca antes había besado a nadie así que me lo pidió a mi primero, aunque yo tampoco había besado a nadie. Lo hicimos en el vestuario, después de la clase de gimnasia.
-¡Claro que te acuerdas! Nos dimos nuestro primer beso, insiste.
Han pasado 8 años. Entonces nos entraba la risa floja, la una frente a la otra sin saber bien qué hacer. Al final la agarré de la cintura, ella me cogió la cara con las dos manos y juntamos nuestras bocas. Primero nos dimos un beso con los labios apretados y moviendo la cabeza como la aguja de un metrónomo. Después nos dimos otro con lengua.
Anne saca de un bolsillo la última pastilla y se la lleva a la boca.
Al día siguiente hicimos como si no hubiese pasado nada. No me atreví a preguntarle por aquel chico, pero ella me lo contó: “me llenó de saliva, tenía la lengua hinchada y no paraba de moverla. No podía respirar. Tú besas mucho mejor” Entonces no dije nada, sólo la había besado a ella. No habíamos vuelto a hablarlo.
- Shopie, bésame.
Esta vez, ella me tiene cogida de la cintura. Tiene las manos frías. La música sigue sonando a lo lejos. Me acerco sin prisa y saboreo la misma lengua. Cierro los ojos. Mi corazón marca el ritmo. Ella es cálida.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario