- ¡Quiero devolverlo!
- Un momento, por favor. La telefonista la puso en espera por tercera vez.
María estaba cada vez más nerviosa, pero sabía que si se enfadaba no iba a lograr nada así que respiró hondo y se dedicó a pasear por el salón de su casa, teléfono en mano.
- ¿No está contenta con nuestro servicio? Preguntó una voz al otro lado.
La mujer, que observaba desde la ventana cómo su hombre quitaba las malas hierbas del jardín, volvió de su ensimismamiento.
- No, no es eso. El servicio es excelente, dijo, observando cómo se le ajustaban los tejanos, ligeramente gastados, a aquel ser verdaderamente perfecto. Simplemente… quiero devolverlo, insistió.
- Me temo que no va a ser tan sencillo, contestó la operadora. Es la primera vez que ocurre algo así, se lo aseguro. Veamos…
María volvió a respirar hondamente. Maldita la hora en que se le ocurrió solicitar uno de aquellos hombres perfectos. Ella quería alguien que la escuchara, sí. Que fuera su amigo. Que la hiciera el amor por las mañanas y la llevara al trabajo. Un hombre atractivo, con una buena profesión y amigo de sus amigos, sí. María no creyó que aquella realidad existiera, pero existía. Tenía nombre y apellidos y se encontraba arreglando la valla de su jardín en ese momento.
- Disculpe la espera. Estoy accediendo a nuestra base de datos, le indicó la voz. Aquí lo tengo. Usted solicitó un varón caucásico, treinta y cuatro años, setenta kilos, uno setenta y ocho, pelo castaño, ojos verdes, no fumador, sensible, deportista…
María sólo acertaba a contestar un “aha” tras cada nota de aquel interminable informe y mientras, observaba cada movimiento del ser perfecto.
- Dígame entonces, ¿cuál es el problema?, insistió la telefonista.
- El problema, contestó, tratando de localizar los ojos verdes del jardín de su casa, es que este hombre es… María resopló, buscando con la mirada, es… demasiado perfecto, dijo precipitadamente. El hombre había desaparecido y una hilera de piedras se amontonaban en la entrada.
- Ya entiendo, contestó, la operadora. Me temo que no podemos ayudarla. Le recuerdo que ha firmado un contrato, continuó la voz. Usted aceptó las condiciones generales que rigen para la contratación de los servicios de elhombreperfecto.com donde se especifica claramente que en ningún caso se admitirán devoluciones. Buenos días.
María siguió buscando, con el teléfono todavía en la mano. ¿Pero dónde se ha metido? Apareció de repente, con la camisa desabotonada y un ramito de flores entre las manos. Sonrió, dejando ver una sonrisa sincera y perfecta.
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