El teléfono móvil colocado encima de la mesa auxiliar comienza a vibrar. Habría pasado desapercibido entre el movimiento del tren si no hubiera ido acompañado de un sonido beep-beep que avisa de cada nuevo mensaje. Es un vagón bastante cómodo, con asientos enfrentados dos a dos a ambos lados del pasillo y una repisa para colocar el equipaje de forma que queda justo encima de los viajeros. María está mirando por la ventana campos de girasoles, con la cabeza apoyada en el brazo izquierdo, las piernas estiradas y los pies encima del asiento. Está descalza y tiene las uñas pintadas de color berenjena. Debajo de la mesa descansan sus viejas sandalias de cuero. Lleva los labios rojos y la melena corta y rubia. Se parece a Lauren Bacall. Como no tiene a nadie a los lados ha colocado una mochila en el sitio contiguo. María se incorpora despacio, sin poner los pies en el suelo. Una sonrisa se dibujará en su rostro.
“Hl guapa! Qtl? He qdado cn Carmen y Toñin a ls 24 n l plaza xa ir a ls fiests d fresno. Miguel va. Llga bien. Bsos”
Hace casi tres horas que ha subido al tren en la estación de Atocha. El revisor ha pasado varias veces, tantas como paradas han hecho, para pedir billetes a los nuevos pasajeros, que no tardan en acomodarse. María piensa en contestar a Laura, pero no inmediatamente. Deja el teléfono encima de la mesa, inclina la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. La imagen de Miguel, sus ojos azules, le asalta. Tiene ganas de verle. Intenta conciliar el sueño, pero no puede. No sabe cuando podrá verle. Hoy le espera un día intenso. Ha decidido hablar con sus padres. Explicarles porqué necesitaba quedarse en Madrid una semana más. Hablarles de la prueba y del resultado. Contarles la verdad, con todas sus consecuencias, aunque una de ellas sea no ver a Miguel por un tiempo. No ver a nadie. No salir de casa en todo el verano. María enrosca y desenrosca un mechón de pelo rubio alrededor del dedo. Lo hace siempre que está nerviosa. Al cabo de un rato, saca un bloc de la mochila, busca una creta y una página en blanco y comienza a bosquejar el paisaje. Sus trazos son firmes y rápidos. En pocos minutos manchará otra página.
Está contenta. Salió de Reinosa para estudiar en la universidad y no se arrepiente. El año le ha ido bien y en la facultad ha hecho muchos amigos. Al fin y al cabo, siempre ha sido una buena estudiante y la universidad no deja de ser un colegio para alumnos grandes, con horarios, apuntes y profesores. Pero la “uni” es algo más, piensa. Sus padres están muy orgullosos de ella. Es la pequeña de cuatro hermanas. Nadie en la familia tiene estudios universitarios. Una tarde llegó a casa y dijo que quería estudiar en Madrid. Que quería hacer Derecho. Todavía no sabe porqué escogió Derecho. Mi hija abogada, imagina desde entonces el padre. Pero su madre se echó a llorar, ¿estás segura? No quiere decepcionarles. Cuatro meses más tarde, se instalaba en un piso compartido en el barrio de Lavapiés.
La muchacha observa a las personas que están a su alrededor. Dos hombres sentados uno frente al otro, a su misma altura, pero en la ventana opuesta, llaman su atención. Está convencida de que son padre e hijo y que el hijo tiene algún tipo de retraso, porque el más joven no para de preguntar cosas y el otro, anciano, le responde con suma paciencia e infinita ternura. María no se atreve a dibujarles así que se centra en el chico joven que se cubre el rostro con una gorra de béisbol de color azul cielo, dos asientos más adelante, para evitar la luz de la tarde. Parece dormido. Está junto al pasillo, al lado de una mujer mayor que mira por la ventana. El paisaje ha ido cambiando progresivamente, de la estepa amarillenta de la Meseta a los primeros verdes de la provincia de Burgos. María está cerca de casa.
En Reinosa todo seguirá igual, piensa, recostada de nuevo en su asiento y con los pies recogidos. Pero Madrid es diferente. La primera vez que entró en el hall de la facultad supo que era allí donde quería estar, con toda aquella gente yendo y viniendo. Viajó con su padre a Madrid en un coche cargado de trastos. Encontraron el piso por Internet. Agustina, la propietaria, lo alquilaba por habitaciones. El padre le ayudó a subir las cajas. Después habló con la señora y fue al servicio. Bebió un vaso de agua, se despidió de su niña preciosa y se marchó. María recuerda aquel día como si hubiese ocurrido ayer. La alegría y la sensación de libertad inmensa y los nervios, muchos nervios. También recuerda la angustia de su madre, lo preocupada que había estado, aunque ella jamás le pidió que no se fuera. Al contrario, le animó cuando sus fuerzas flaquearon por culpa de Miguel. Miguel, Miguel, Miguel. María se sonroja al recordarlo. Cómo ha cambiado la actitud de mamá desde el año pasado, piensa, con la vista perdida en el infinito.
Comenzó a deshacer las maletas y antes de que Agustina se fuera apareció Elsa, una de las inquilinas. La propietaria hizo las presentaciones, aguardó un par de minutos de cortesía y desapareció. Poco después llegaron Arantxa y Eva. Lo primero en que se fijó fue en que Elsa tenía un piercing en el ombligo. Al recordarlo se lleva la mano a la cintura hasta acariciar su arito. Ahora son sus mejores amigas. No sabría vivir sin ellas. María intuye que ella misma también ha cambiado y siente una pequeña descarga de energía. La sensación dura apenas unos segundos.
El tren aminora la marcha e inmediatamente vuelve a coger una velocidad constante. Ha empezado a llover. Mira el reloj de su muñeca. El muchacho se ha quitado la gorra y está de pie, buscando algo de su maleta. María le sigue con la mirada hasta que sale del compartimento mientras tamborilea con sus delgados dedos encima de la mesa. Beep-beep. Alarga la mano hasta alcanzar el teléfono. Su madre irá a buscarla. Su padre está trabajando, así que alguna de sus hermanas la llevará a la estación. Maite, tal vez. Vuelve a jugar con su cabello. Enrolla y desenrolla el mismo mechón, una y otra vez. El muchacho ocupa de nuevo su asiento. María respira hondo. Es hora de contestar a su amiga.
“Hla Laura! No s si m djaran salir. Voy a contarls lo d la prueba a mis padrs. Stare castigada hst l 2056, + o-. Pasadlo bien. Muak!”
En Reinosa está diluviando. Su madre y su hermana la esperan dentro de una sala abarrotada de gente. María se calza las sandalias y se pone de pie. Coge su maleta, se coloca la mochila en los hombros y sale del tren a toda prisa para no mojarse. Está lloviendo a mares. Irán a casa. En un rato llegará el padre y cenarán todos juntos, también las hermanas. Y después de cenar hablará con ellos. En el coche, María no deja de enredarse el cabello.
* * * * * * * * * *
No ha parado de llover en todo el día. Son las doce y cuarto de la noche y sigue lloviendo.
- ¡Venga tía, vamos!, Carmen tira de la cazadora de Laura por el brazo, que se resiste a moverse.
- ¡Que nos vamos!, le advierte. Pero Laura permanece de pie, a resguardo de la lluvia bajo un soportal, como la otra pareja. Sabe que si no va en el coche con ellos ya no irá a Fresno del Río y les pide que aguanten un poco.
- ¡Laura!, le avisa Toñín, mientras señala hacia la persona que se dirige corriendo hacia ellos, bajo una chaqueta vaquera que sostiene sobre la cabeza con las dos manos, a modo de paraguas. Es María.
Después de un largo abrazo, los cuatro amigos se suben corriendo en el coche de Toñín para no mojarse.
-Creíamos que ya no venías, le dice Toñín, ajustando el espejo retrovisor para mirar a María.
-Yo tampoco tenía muy claro que fuera a venir.
-¿Y cómo se han tomado en casa que la futura abogada de la familia quiera dejar Derecho para empezar Bellas Artes?, pregunta Laura.
María se encoje de hombros. A mi padre le da igual, explica, con tal de que sea feliz. Les conté lo de la prueba, lo difícil que es y que me han aceptado y mi madre casi se echa a llorar, ¡pero de alegría!
Los tres amigos la felicitan.
- ¡No ha parado decirme que ella lo sabía!
Laura ha escuchado con atención toda la historia y no puede evitar echarse a reír. María le mira todavía incrédula y también ella se echa a reír. Es una risa contagiosa.
- ¿Y vosotros qué?, pregunta María.
Aparcan en Fresno del Río y van directos a la disco. María se queda en el ropero mientras los demás van a pedir una copa. Está radiante, con unos vaqueros rotos, camiseta gris y bambas y el pelo mojado. Después de dejar la cazadora, pasa por el aseo para pintarse los labios de un color rojo intenso y arreglarse el cabello. Está decidida. Cuando se acerca a la barra pregunta por Miguel. Toñín señala con el dedo hacia el fondo de la discoteca. De pie, junto a una columna, se encuentra Miguel y tiene entre sus brazos a una chica morena. Lleva un vestido corto y elástico de color chillón y tacones a juego. María no sabe qué hacer. Siente un pinchazo agudo en el pecho, cerca del corazón y decide volver a la barra y pedir algo. Beep-beep. Nota como vibra el bolsillo delantero del pantalón.
“¡Hola bonita! Stoy n casa cn Arantxa y Eva y ns hems acordado d ti. Pasatlo gnial. Ns vmos pronto. Milbss.”
María sonríe y guarda el teléfono. Da un sorbo a la copa y se dirige hacia el centro de la pista de baile. Está sonando Perfect, de Fairground Attraction.
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