Tú no lo sabes, pero esta va a ser mi última noche en Vietnam, porque cuando mañana te entregue no quedará nada me ate a esta ciudad. Pero ahora no quiero pensar en eso.Porque tienes razón, maldita sea, soy un cobarde.
- Sam, ponme otro, aún no estoy lo suficientemente borracho. Esta noche es especial.
Te llevaré a comer a la bahía, por fin puedo llevarte a un restaurante. Gracias a ti tengo el dinero.
- ¡Sam!…
Y acabaremos en la pensión de Tracy. Y tú no sospecharás nada porque siempre acabamos en la pensión de Tracy.
- Ten, amigo, quédate el cambio.
- Gracias, monsieur.
- ¡Au revoir, Sam!
Creo que he engordado por lo menos medio kilo esta noche, dices, mientras te acaricias el vientre frente al espejo del baño. Sabes que llevo horas deseando estar a solas contigo, pero antes querías ir a bailar y hoy no podía negarte nada. Eres consciente del poder que ejerces sobre mi, que observo tu silueta desde la cama. Buscas mi mirada en el espejo. Llevas puesto el vestido que te regalé por tu cumpleaños. Debajo, nada. Crees que no me he dado cuenta, pero me fijé nada más verte. Estás preciosa. Sigues acariciándote y no precisamente el vientre. El vestido se retuerce con cada movimiento. Notas mi debilidad, te alimentas de ella, porque sabes que por la noche tú eres la dueña de mis actos. Y acudo a ti, que has dejado de buscarme, porque estás empezando a disfrutar. Me abalanzo sobre ti, estrechándote con mis brazos. Hundo mi boca en tu cuello e inspiro el olor a almendras de tus cabellos. Te das la vuelta y me llenas la boca de besos mientras recorres mi cuerpo con las manos para desnudarme. Deslizo los tirantes por los hombros, dejando al aire los pezones morenos. El vestido ha quedado reducido a un trozo enrollado de tela que se sostiene sobre tus caderas. Te llevo a la cama sin dejar de besarte y me inclino sobre ti para dar un mordisco en tus ardientes pechos de metal y me echo a llorar. Apenas puedo mirarte. Levantas mi cabeza, la sostienes entre tus manos. No dices nada. Creo que lo sabes y en vez de irte lejos, me rodeas con tus preciosas piernas y te dejas caer. Yo tampoco digo nada, ni si quiera que te quiero.
La luz de la mañana entra a través de las persianas, proyectando en el dormitorio densas franjas de luz y de sombras. El ventilador hace rato que se ha parado. La ciudad entera lleva horas despierta y el murmullo de sus calles, de sus pobladores y de sus cláxones es constante. El calor es insoportable. Tessa aún está dormida pero yo no he dormido. ¿Cómo podría? En unas horas vendrán a buscarla y todo habrá acabado. ¿Pero qué he hecho? Sabes que te están buscando. Que le han puesto precio a tu cabeza y en lugar de huir, has decidido quedarte. ¿Por qué? Tu pequeño rostro transmite una serenidad inmensa, tú no has podido. No. Demasiado tranquila. Cómo podrías tú matar a nadie. Los asesinos no podemos dormir. Pero tú estás dormida, ¡y hasta soñando! Observo tu pecho desnudo, que se hunde y se eleva. ¿Qué he hecho? Ni con todo el opio del mundo podría olvidar tu cuerpo diminuto y pálido. Su sabor. Su tacto. El olor de tu sexo. Tessa, mi amor, despierta. Tenemos que irnos. Tienes que irte. Tessa mi amor, perdóname. Tienes que irte. Vamos ¡Vete!
jueves 24 de septiembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada