jueves, 24 de septiembre de 2009

VIETNAM, 1930

Tessa no lo sabe, pero esta va a ser su última noche en Vietnam, porque cuando mañana él la entregue no quedará nada que le ate a esta ciudad. Pero ahora no quiere pensar en eso, porque maldita sea, Tessa tiene razón, es un cobarde.

- Sam, ponme otro, aún no estoy lo suficientemente borracho. Esta noche es especial.

La llevará a comer a la bahía, por fin puede llevarla a un restaurante.

- ¡Sam!…

Y acabarán en la pensión de Tracy. Y ella no sospechará nada porque siempre acaban en la pensión de Tracy.

- Ten, amigo, quédate el cambio.
- Gracias, monsieur.
- ¡Au revoir, Sam!

- Creo que he engordado por lo menos medio kilo esta noche, dice, mientras se acaricia el vientre frente al espejo del baño. Sabe que lleva horas deseando estar a solas con ella, pero antes quería ir a bailar y el no podía negarse. Es consciente del poder que ejerce sobre los hombres. Él, que observa su silueta desde la cama, busca su mirada en el espejo. Lleva puesto el vestido que le regaló por su cumpleaños. Cree que no se ha dado cuenta, pero se fijó nada más verla. Está preciosa. Sigue acariciándose. El vestido se retuerce con cada movimiento. Nota su debilidad, se alimenta de ella, porque sabe que por la noche ella es la dueña de sus actos. Y acude a ella. Se abalanza sobre ella, estrechándola entre los brazos. Hunde la boca en su cuello e inspira el olor a almendras de sus cabellos. Tessa se da la vuelta y le llena la boca de besos mientras con las piernas rodea su cuerpo. La lleva a la cama sin dejar de besarla. Desliza los tirantes por los hombros, dejando al aire los pezones morenos. El vestido ha quedado reducido a un trozo enrollado de tela sobre las caderas. Él hombre hunde la cabeza en su pecho, pero se echa a llorar.  Ella levanta su cabeza, la sostiene entre las manos sin decir nada. Apenas puede mirarla.  Él tampoco dice nada, ni si quiera que la quiere.

                                                      *************

La luz de la mañana entra a través de las persianas, proyectando densas franjas de luz y de sombras. El ventilador hace rato que se ha parado. La ciudad entera lleva horas despierta y el murmullo de sus calles, de sus pobladores y de sus cláxones es constante. El calor, insoportable. Tessa aún está dormida pero el hombre no ha dormido. ¿Cómo podría? En unas horas vendrán a buscarla y todo habrá acabado. ¿Pero qué ha hecho?  ¿Por qué? Su pequeño rostro transmite una serenidad inmensa. No. Demasiado tranquila. Cómo podría ella matar a nadie. Los asesinos no pueden dormir. Pero ella está dormida, ¡y hasta soñando! Él observa su pecho desnudo, que se hunde y se eleva. ¿Qué ha hecho? Ni con todo el opio del mundo podrá olvidar su cuerpo diminuto y pálido. Su sabor. Su tacto. El olor de su sexo.
- Tessa, mi amor, despierta. Tenemos que irnos. Tienes que irte. Tessa mi amor, perdóname. Tienes que irte. Vamos ¡Vete!

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