miércoles, 9 de septiembre de 2009

LOS FRANCISCOS

- ¡Schhhit! ¡Niño, cuando puedas, ponme un café con leche! - grita Francisco, mientras se abre un hueco imposible en la barra.
- ¡Niño! ¡Hazme el favor! - vuelve a gritar aquel hombre, al que le importa bien poco que el camarero esté ocupado en ese momento. Francisco exige un café desde su dominio recién ocupado. Hasta tres veces más tiene que reclamar su café con leche y cada una de las veces añade, junto a su petición, algún comentario sobre la falta de capacidad del camarero, convirtiéndole en el blanco de sus críticas.

Es la primera vez que entra en aquel bar. Un pequeño negocio familiar mal cuidado y sucio que huele a cerrado, a fritanga y a tabaco. Un bar de barrio frecuentado, en su mayoría, por hombres de mediana edad. Encima de la barra, una vitrina contiene un recipiente donde flotan aceitunas y una bandeja con churros. Los ceniceros están sin vaciar y los servilleteros de papel sin reponer. Detrás del mostrador hay una estantería llena de botellas vacías que sirven de decoración. El servicio, único, está al fondo, junto al almacén, debajo de un gran televisor anclado a la pared mediante una plataforma. La máquina de tabaco no funciona y las tragaperras todavía están desenchufadas.

- Hay que ver cómo está el país - suelta Francisco, después de beber de un trago medio café. Al ver que nadie le responde, continúa:
- la culpa la tiene este gobierno, que no sabe dirigir el país.
- ¡Cuánta razón tiene! – exclama al fin un hombre, desde el otro extremo de la barra. Francisco aprovecha para acercarse y los dos extraños entablan una conversación cargada de frases hechas. Tras diez minutos, parece que aquellos dos se conocen desde la infancia. Coinciden hasta el nombre: Francisco.

- ¿Quiere usted acompañarme?- pregunta el segundo Francisco, extendiendo la mano izquierda para indicar el vaso de cerveza vacío, mientras que con la derecha agarra el brazo de su tocayo.
- Muchas gracias, responde el primero, prefiero seguir con mi café - y dicho esto, pide al camarero, con muy malos modales, que le acerque la taza que ha dejado al otro lado de la barra, a sabiendas de que el muchacho ya la había quitado.
-Discúlpeme, señor, creí que había terminado. Le puedo poner otro, si quiere.
-¿Terminado yo? ¡Pero si apenas lo había probado! Anda, anda, pon otro café y atiende a este señor - dice, echando el brazo al hombro de su nuevo amigo.
- Esta juventud no se entera – comenta nuevamente, dirigiéndose a su homónimo. Esta vez, el camarero se dará prisa en atenderles.

Los dos Franciscos vuelven a arremeter contra el gobierno, pero cuando el primero escucha el sonido que producen las tragaperras al ser encendidas, el segundo deja de existir. Un sudor frío recorre su frente. Busca en los bolsillos alguna moneda suelta, pero están vacíos. Echa mano de la cartera y encuentra, entre una decena de cupones, un billete de diez euros.

- ¡Schit! Tú, dice al camarero, dame cambio. Todo en monedas de cincuenta.

Una vez entre las manos, se dirige como un autómata, hasta la máquina recién enchufada. El corazón le late con fuerza y la mano izquierda le ha empezado a sudar por el contacto con el cromo. Cuando está a la altura de la máquina, respira hondo. Recorre con la mirada cada uno de los botones, tres naranjas, uno verde y otro rojo. Observa las combinaciones posibles de diamantes, cerezas, peras y dólares. Estudia sus posibilidades y empieza a jugar. Cada vez que pulsa uno de aquellos botones, la máquina reproduce un sonido inquietante y Francisco siente un escalofrío. ¿Será esta? Esta vez sí, piensa. Después de haber perdido más de la mitad de las monedas, recupera parte en una tirada. Una miseria, se dice. El premio está al caer. Sólo tengo que calentar un poco más la máquina. Sólo una, tal vez dos partidas.

Una por una fueron desapareciendo todas las monedas doradas. Busca de nuevo en los bolsillos vacíos. Rebusca en la cartera pero tampoco tiene más billetes. Mira hacia el rincón donde estaba su amigo y sólo encuentra una taza de café. Registra al camarero con la mirada sin separarse de su preciada máquina. Pregunta por el hombre que estaba con él. Se ha marchado hace quince minutos. Francisco pide una moneda, pero el camarero se la niega. Entonces se la pide a los clientes y también se la niegan. El camarero sale de la barra, le pide que se siente y se tranquilice, pero Francisco no se mueve. El premio va a caer en la siguiente jugada. Tiene el pie derecho encima de la base del aparato. Siente la goma negra bajo la suela del zapato. No puede irse. No. Ya ha calentado la máquina. Ahora no. El camarero le pide entonces que no moleste. Francisco empieza a mirar por el suelo del bar, agachándose hacia ambos lados sin levantar el pie del apoyo, pero sólo encuentra huesos de aceitunas, colillas y servilletas usadas.
El camarero vuelve a salir.
- Por favor, señor, le invito al café si se marcha ahora mismo.
- ¿Me invita al café? ¡Pero si ya lo he pagado! - replica indignado.
- No señor, no lo ha pagado. Pero no importa. Por favor, váyase.

El camarero empuja a Francisco que se resiste. El bar entero está mirando. Todo el mundo desea que aquel hombre se marche. Otro señor hace un amago de levantarse del taburete y Francisco recapacita. No tiene nada que hacer.
El siguiente que juegue, tampoco ganará nada.

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