jueves, 24 de septiembre de 2009

CONVERSATINO

María ya estaba de vuelta por el camino principal. Había ido a limpiar a casa de la señora. Normalmente se quedaba allí hasta las cinco, pero aquel día habría tormenta. Llevaban días anunciándolo en la radio y en la prensa local y el pueblo entero estaba recogido. Y, tras comprar pan en el colmado de la plaza, que estaba apunto de cerrar, llegó a casa con su marido.
Agustín la estaba esperando leyendo junto a la ventana. El matrimonio comió en silencio, roto únicamente por el ulular del viento, que empezaba a levantar las primeras palabras. Cuando estaban por el café, fragmentos de conversaciones se colaron por la ventana.

…qué alegría me das, hijo…
…fui víctima de un jodido secuestro…

-María, rápido, ¡cierra la ventana! Le ordenó Agustín, quien por un segundo, creyó reconocer su propia voz en aquella conversación que retumbaba en el salón de su casa.
 –¡otra vez este maldito viento, nos vamos a volver todos locos!- lamentó la mujer.

…niños, ¿qué queréis cenar?...
…coge el paraguas, va a llover…

Cuando llegó a la ventana,  tuvo que apoyar el cuerpo sobre el alféizar y estirar los brazos para sujetar los marcos acristalados que golpeaban con fuerza sobre la pared de piedra y atraerlos hacia sí para poder cerrar el batiente. Era difícil vivir en el valle con aquel condenado viento  que lo envolvía  todo con palabras, gritos, canciones y poemas. Con mentiras. María se estremeció.
-Aléjate de la ventana- gritó Agustín.

Ta-ta-ta. Al oír los golpes, María se giró hacia su marido, que se daba palmaditas en la pierna.
-Ven siéntate aquí, dijo.
La mujer se sentó en sus rodillas, con el cuerpo inclinado hacia atrás sobre Agustín y las manos recogidas en el regazo.
-No pasa nada- susurró el hombre, rodeando la tristeza con sus brazos.
Agustín dejó caer sus manos sobre las ruedas de su silla metálica y retrocedió, muy lentamente.
María dio un respingo.
-Tranquila- volvió a susurrar él.

Los primeros años, desde que ocurrió el accidente,  María iba cada tarde a la iglesia para pedirle a Dios que le devolviera la movilidad de las piernas. Después fue cada semana. Luego cada mes. Finalmente dejó de ir a la iglesia.

…Creo que ese viejo me ha tocado el culo…

Nuevas palabras entraron en la habitación inundándolo todo. María se levantó
precipitadamente y corrió hasta la cocina. El viento había abiertoCO X la ventana.

…¿perdone, puede decirme dónde se aloja… Javier Mendoza?

Era difícil no volverse loco. Ese maldito viento arrastraba al azar pedazos de vidas, conversaciones quebradas en otras lenguas. Secretos. Declaraciones de amor.

…sorda de cerebro me dijo, ¿vos crees?...

Palabras.

Cuando Agustín llegó hasta la cocina, María había sucumbido a la tentación.
- María, por favor, cierra la ventana.
Pero María ya no le hacía caso. Un soplo de aire le daba la razón.

- María.
- María.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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