Ana no se encontraba bien y había salido antes del trabajo, por eso ya estaba en casa cuando Miguel llegó. Ana y Miguel acaban de alquilar el piso en la calle Ferraz. Vieron el anuncio en el periódico, llamaron. Era una agencia. Les gustó el apartamento y se lo quedaron.
-¿Has visto las aspirinas? Preguntó la joven después dar un beso a su novio, que todavía no se había quitado el abrigo. No las encuentro, añadió.
-Creo que no quedan, contestó él, tras revisar el armario del baño.
Miguel acababa de llegar pero no le importó volver de nuevo a la calle para comprar el medicamento. Cuando regresó, Ana estaba sentada en el sofá con las piernas recogidas, comiendo un yogurt.
-Ha llamado tu madre- dijo la joven alzando la voz para que su interlocutor, que estaba en la cocina, la oyera.
-Quiere que vayamos a comer mañana, continúo la chica disminuyendo el tono. Miguel había regresado al salón con un vaso de agua en una mano y las aspirinas en la otra.
-Ten, cariño -dijo el muchacho, sentándose en el sofá junto a ella. Ana dejó el yogurt encima de la mesa, para tragar la pastilla.
Charlaron despreocupadamente. Miguel se mostró contento con una venta que había realizado esa misma tarde. Calcularon juntos las comisiones que se llevaría por la operación.
-¿Tienes hambre? Preguntó ella al cabo de un rato. Hay espaguetis ¿Quieres cenar ya?
Estaban poniendo la mesa cuando el móvil de Miguel empezó a sonar. La conversación telefónica duró a penas cinco minutos. Cuando Miguel terminó a hablar se dirigió a la cocina donde estaba Ana cortando algo de pan y le confirmó que esa noche trabajaría.
-Entiéndelo, nena. Ha fallado un chico. Sólo será esta noche, dijo mientras separaba un mechón de pelo rubio que caí sobre la frente de Ana.
Miguel prometió compensarla por no pasar la noche con ella y Ana le pidió que no llegara muy tarde. Se besaron.
Cenaron con calma, hablando de las cosas que harían cuando tuvieran dinero.
Después Miguel se dio una ducha.
Cuando llegó a la zona de marcha, Miguel saludó a los porteros de los otros bares.
-¿Qué pasa tío? Creí que ya no trabajabas en la noche- comentó un hombre alto y corpulento al tiempo que le estrechaba las manos con un cálido saludo.
-Ya ves, contestó Miguel encogiéndose de hombros.
-Ya sabes dónde estoy, dijo el alto, guardándose las manos en los bolsillos del anorak. Miguel agradeció el gesto y se dirigió a la puerta del local en el que trabajaría.
La noche transcurría tranquila hasta que otro portero se acercó a buscarle.
-Creo que en el Tito’s están teniendo problemas, dijo el gorila.
-¡Vamos! Contestó Miguel, dando un golpecito en la espalda de su compañero.
Cuando llegaron a la puerta del Tito’s había un chaval en el suelo. Sólo quedaba él. Los amigos habían salido corriendo. Sangraba abundantemente por la nariz. Seguramente la tuviera rota. Un hombre le dio una patada en el costado. -A ver si aprendes, pringao, dijo con rabia. El chico se retorció en el suelo. Miguel también le golpeó. Todos le golpearon. Después volvieron a sus trabajos.
Cando las luces de los locales se encendieron y la música dejó de sonar, Miguel decidió volver a casa. Entró en la cocina sin hacer ruido. Sacó del congelador una bolsa de hielo y metió la mano dentro. Después se fue a la cama.
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-¿Cielo, me pasas la mantequilla?
Ana alargó el brazo hasta alcanzar la tarrina semivacía.
-Toma, sírvetela toda. Yo no quiero más. No me encuentro bien, añadió la joven y se levantó de la mesa para tumbarse en el sofá. Miguel siguió comiendo. Al terminar de desayunar se acurrucó junto a la mujer, que estaba adormecida. Ana tuvo que reacomodarse para hacerle un hueco. Miguel la rodeó con su cuerpo y permanecieron así, en silencio.
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