- ¡Creo que ese viejo me ha tocado el culo!
La otra muchacha miró descaradamente hacia donde se encontraba el hombre y torció la cabeza en gesto de desaprobación.
- ¡Vamos al fondo del vagón! Le indicó a su amiga y ambas mochilas desaparecieron entre la gente.
Una vez a salvo, entre risas nerviosas y miradas furtivas, comentarán la jugada del viejo, provocando la solidaridad de los pasajeros más cercanos, que dirigen miradas de reproche hacia el anciano. Pero el hombre está más concentrado en no perder el equilibrio. El conductor tiene prisa aquella mañana y los viajeros del metro se afanan, como el viejo, en no caerse.
El hombre se llama Antonio, es viudo, tiene cuatro hijos que apenas le prestan atención y una nieta que vive cerca de donde ahora se encuentra y a la que no ve desde hace tiempo. Todos los días hace el mismo recorrido: sobre las ocho de la mañana se sube en Alto de Extremadura dirección Cuatro Caminos. Le gusta pasar por Ciudad Universitaria y Metropolitano y mirar a las chiquillas. A veces completa el recorrido de la línea circular. Aprovecha la multitud para frotarse, pero no es tanto un acto premeditado como un impulso. Desde que murió Encarnación se siente solo.
El metro abre sus puertas. Fluye el tráfico humano entre estaciones, pero Antonio permanece inalterable. Es jueves y no tiene nada mejor que hacer. El sentimiento de estar cerca del fin de semana llena a todo el mundo de alegría, menos a él. Antonio ve una oportunidad y la aprovecha. Roza con su mano otra mano extraña, de mujer joven. La fricción dura apenas unos segundos, suficientes para evocar en él tiempos mejores. ¡Ay! Encarni, Rosa, Almudena, María… La joven mueve rápidamente la mano y el viejo se disculpa.
La escena llama de nuevo la atención de las muchachas que ya habían perdido el interés por el viejo. Antonio se siente observado, interrogado por cuatro inocentes ojos y decide bajarse. Sale del tren desconcertado, un paso tras otro, pero bajo esa apariencia de seguridad, no sabe, ni siquiera, en qué estación se encuentra. Avanza unos metros. Duda si volver a entrar, pero suena el silbato. Demasiado tarde. Por unos segundos se siente perdido, pero ¿qué está haciendo? ¿dónde está? ¿porqué viaja en metro? Paralizado, ve cómo es esquivado.
- ¡Abuelo! ¡Pero qué haces aquí! ¿Estás bien? ¿Necesitas que te lleve a casa? Una muchacha le agarra del brazo. El hombre se gira sobresaltado. Al reconocer los ojos de su nieta, Antonio se emociona. No sabe darle una respuesta concreta.
La nieta le abrazará con ternura.
- Cielo, llévame a casa. No me encuentro bien.
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