miércoles, 1 de julio de 2009

GREGORIE THOMPSON

Cada tres o cuatro minutos miraba el reloj. Tenía consulta a las seis en punto pero nunca era recibido antes de las seis y cuarto y eso le ponía nervioso. Mientras espera en la salita observa las revistas que tiene a su alcance; se decide por una justo en el momento en que una mujer entra en la habitación para buscarle.
-Ya puede pasar señor Thompson.
El joven siguió a la mujer hasta el despacho de la Dra. Mirrow. Una vez dentro acomodó su metro ochenta de estatura en un sillón de cuero de color marrón que hacía resaltar sus impresionantes ojos azules.
-¿Cómo se encuentra hoy señor Thompson? Inquirió la doctora desde otro sillón situado enfrente.
Gregorie se encogió de hombros.
-Así así, doctora. Las cosas con Linda no van bien. Nada bien, doctora, nada bien.
-¿Qué ha pasado esta vez, Gregorie? ¿Han vuelto ha discutir por el perro?
-¡Si sólo fuera el perro!
A Gregorie le gusta la familiaridad con que la doctora lo trata.
-El otro día me quedé embobado pensando en el futuro y Linda se enfadó. Últimamente se enfada por todo.
-¿Y ya está? ¿No pasó nada más?¿Hay algo que no me esté contando señor Thompson?
-Bueno en realidad se enfadó porque pensó que estaba mirando a otra mujer. Gregorie insistió en la palabra “mirando”, pero este dato pasó desapercibido durante la conversación, así que continuó: - Como ya he dicho, estaba pensando ¡pero si ni si quiera me di cuenta que tenía delante a esa mujer! ¡Santo cielo! Jamás he utilizado mi poder de rayos X con las mujeres y ella lo sabe.
La doctora Mirrow no se sorprendió. Después de años tratándole, había llegado a conectar con el señor Thompson y hace unos meses le confesó su verdadera identidad. Verdaderamente confiaba en su psiquiatra. Además el hombre había llegado a la conclusión de que si la doctora Mirrow le traicionaba nadie la creería. ¡Quién demonios iba a creer que él, Gregorie Thompson, un simple trabajador de un cine de la Avenida Madison, era en realidad superman! ¡Todo el mundo sabe que superman es Clark ken y que está enamorado de Loise, no de Linda! Ya no temía ser descubierto.
-¿Así que esa fue la respuesta que usted le dio? ¿qué no estaba utilizando su poder de rayos x?
Sí, contestó el hombre.
-Ya entiendo, dijo la doctora. Señor Thompson me gustaría conocer a Linda. ¿Cree que podría acompañarle en su próxima cita? Creo que sería bueno para los dos.
-¿A Linda? ¿Quiere que traiga a Linda? No creo que quiera venir. Tendré que preguntárselo. Ella no confía en los loqueros, así es como les llama.
-Entiendo.
Durante la hora que duró la consulta Gregorie no paró de hablar de su novia mientras la doctora repasaba las notas del paciente: pensamiento obsesivo, grandilocuencia, paciente paranoide, suspicaz, inofensivo… Al transcurrir el tiempo previsto, médico y paciente se despidieron con un apretón de manos.
-Hasta la semana que viene, doctora.
-Cuídese, señor Thompson.

Mientras iba hacia su casa, Gregorie no dejó de pensar en cómo le iba a pedir a Linda que le acompañara en la próxima cita. Cuando llegó a su edificio se estiró el traje. Aún le separaban 15 pisos pero ya le temblaban las piernas. No estaba seguro de cómo planteárselo. Iba pensando en ello en el ascensor. Le sorprendió que Linda no estuviese en casa pero pensó que estaría sacando al perro. No empezó a preocuparse hasta que entró en la cocina y vio una nota escrita a máquina que había en la encimera.

No voy a volver.

La nota no decía más. La dejó caer al suelo junto con sus ilusiones. Miró a su alrededor, ni rastro de Linda, del perro o de sus cosas.

* * *

-Hola, ¿hablo con el detective Mckein, de la comisaría del Distrito 11?
-Si soy yo. Dígame.
-Mire, soy la psiquiatra Mirrow, era la médico de Gregorie Thompson.
-¿Gregorie Thompson? ¿no es ese el tipo que saltó por la ventana? El caso está cerrado.
-Verá, no estoy poniendo en duda su hacer, por favor, no me malinterprete, pero tengo algunas dudas. El periódico no decía nada de Linda.
-¿Linda? ¿Quién es Linda?
-Linda era su novia. Vivía con él.
-Señora, vivía solo. Además, encontramos una nota que decía que no iba a volver. Como le he dicho, el caso está cerrado.

La doctora Mirrow colgó el teléfono de su despacho. Tal vez Linda también fuera una alucinación, ¿quién sabe? La mujer se incorporó sobre el escritorio, sacó del primer cajón su agenda de citas y tachó el nombre del señor Thompson.

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