-Mi mujer no sabe que soy extrasexual y me lo monto con extraterrestres.
-En estos momentos se estará enterando, ¿no cree? Preguntó la presentadora esbozando media sonrisa.
El muchacho, sentado en un sofá de dos plazas de color chillón, intentaba justificarse ante el murmullo de los espectadores.
Ring-ring. Francisca se incorporó lentamente, apoyando sus manos rollizas en los brazos del sillón. Ring-ring. –ya voy, ya voy- dijo por inercia mientras llegaba hasta el mueble donde se hallaba el aparato.
-¿Diga?...la mujer se olvidó por completo del programa de televisión.
-…¡Ay! Que alegría me das, hijo mío…
-…¿A la una y media?
-…Hasta ahora, cielo. La mujer colgó el auricular y se llevó las manos al pecho de la emoción. Tras unos segundos, volvió en sí, echó un vistazo a su alrededor y decidió que haría café por si Ernesto aún no había tomado.
Hora y media después Ernesto subió en el ascensor y abrió la puerta de la casa con sus propias llaves. Su madre le esperaba en el salón. Estaba viendo otro talk show en la televisión. Al oír los pasos, Francisca trató de incorporarse.
-¿Qué tal estás, mamá?
-Ahora bien, hijo, déjame que te vea… ¿Está lloviendo? Preguntó la mujer.
Ernesto afirmó con la cabeza al tiempo que se quitaba el abrigo y lo colocaba en el respaldo de una de las sillas del comedor. Después se inclinó sobre el sillón para besar a su madre.
- Hay café. ¿Quieres café? Peguntó Francisca.
El hijo asintió e hizo un gesto para que la mujer no se levantara. Francisca, que se movía con dificultad a causa de la artrosis, esperó en el sillón.
En la cocina, el chico abrió la tapa de la cafetera italiana, todavía caliente, e inspiró el aroma que desprendía. En la encimera encontró una taza vacía encima de un platillo a juego. Al lado de la taza estaba el azucarero y el cartón de leche. También había un paquete de galletas. Cogió una cucharilla del escurridero y se puso un café bien cargado. Después de remover el azúcar dio unos sorbos. Abrió la nevera para guardar la leche. Le cambió el humor. -Otra vez no- dijo en voz alta negando con la cabeza -¡joder!- Miró detenidamente el interior del frigorífico. Había un montón de recipientes de plástico, cerdo agridulce, costillas chop-suey, pollo al limón, más cerdo agridulce, brotes de soja... Se inclinó para dejar el brik de leche y cerró bruscamente la puerta. Regresó al salón.
-¿No me habías prometido que no ibas a pedir más comida china?- Su madre permanecía sentada, atenta a una mujer gorda que trataba de recuperar a su mejor amiga, también gorda, en un programa de televisión después de haber tenido una aventura con el marido de aquella y en ese momento le pedía perdón.
Ernesto se situó delante de Francisca. -¿Cuántas veces tengo que repetírtelo?-
Francisca no sabía qué decir. Estaba avergonzada. Porque estoy sola, pensó. Porque me paso el día sin saber que hacer. Al menos alguien viene a casa. ¿Qué hay de malo en ello?
-Son agradables- dijo por fin recuperándose un poco de la turbación que Ernesto le había provocado.
-¿Agradables?- Repitió Ernesto, incapaz de comprenderlo.
-¡Quédate a comer, hijo!- Francisca que se había puesto de pie junto al muchacho, permanece con las manos sobre la chaqueta humedecida de Ernesto, que cuelga de la silla, esperando a que el chico cambie de idea.
-Puedo llamar y decir que no vengan. Anda… ¡Apenas te veo!
Ernesto se mantiene en sus trece. ¡No! ¡Has vuelto a llamar! ¡Siempre estás igual! ¡Es que no ves que se están aprovechando!
-Está bien, hijo, como quieras- dijo Francisca con resignación y añadió en tono afectuoso: -¿Quieres llevarte algo de comida?- Enseguida se arrepintió.
Ernesto, que ya se había puesto la chaqueta y estaba abandonando el salón, se giró impetuosamente hacia su madre.
-¿Y qué quieres que me lleve, rollitos de primavera y arroz tres delicias? ¡Pero si ni siquiera tú te comes esa porquería!
Francisca siguió a Ernesto por el angosto pasillo. Su andar era torpe y pausado. Su hijo ya había llegado a la puerta.
– -Espera, toma, llévate el paraguas-
– Ernesto cogió el paraguas que su madre le ofrecía y se marchó.
El chico bajó apresuradamente las escaleras, convencido de que su madre era imbécil y que los chinos de ese restaurante eran unos cabrones que se estaban aprovechando de una mujer mayor cuando se cruzó con el repartidor en el portal. Le entraron ganas de pegarle una hostia. El chino saludó con la cabeza. Ernesto no le devolvió el saludo. Agarró con fuerza el paraguas que sostenía en la mano derecha. Te vas a enterar, pensó el muchacho. El chino se dirigía al ascensor despreocupado, con un paquete en las manos, sin reparar en que el joven se había situado tras él. Llamó al elevador. Ernesto apretó con fuerza el paraguas. Levantó el brazo con un movimiento trémulo. No encontró la ocasión. El chino subió al ascensor y Ernesto salió del edificio dando un portazo.
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