Corrían los primeros días de enero de 1933, en una España republicana, campesina y revolucionaria. Insurgentes cenetistas y faístas provocan altercados en distintas zonas de la geografía española: Zaragoza, Murcia, Barcelona, incluso en Madrid hubo algún tiroteo aislado. El Gobierno controlará la situación con relativa facilidad, sin embargo, en un pueblecito de la provincia de Cádiz, campesinos y jornaleros instalan el comunismo libertario…
-Señor, me temo que otro grupo de anarquistas se ha sublevado cerca de Medina Sidonia, dijo el Ministro de Gobernación, irrumpiendo en el despacho de Manuel Azaña.
Azaña, alzó la vista del periódico que hasta ese momento ocupaba su mente y preguntó, visiblemente molesto por la interrupción, ¿cuántos con?
-Según nos han informado, no son muchos, señor. Los habitantes del pueblo.
Azaña guardó silencio un momento. Esto tiene que acabar, pensó. Todavía estamos a tiempo. - Está bien, dijo carraspeando la voz. Envíe a la Guardia de Asalto.
Al ver que Azaña había vuelto a su lectura, el Ministro comprendió que el problema estaba resuelto y se marchó. Azaña continuó con la columna que estaba leyendo.
Tres días antes, en una lejana y olvidada aldea gaditana conocida como Casas Viejas, un grupo de campesinos, desengañados de la II República y hartos de su miseria, decidieron levantarse en armas y proclamar la revolución libertaria, convencidos de que en otras ciudades y pueblos de España la revolución había comenzado.
Por la tarde, Antonio Cabañas “El Gallinito”, José Morro y otros hombres, embravecidos y desesperados, fueron a buscar al alcalde para que comunicara al sargento de la guardia civil que debía rendirse.
-¡Sargento! Gritó un hombre, podemos hacer esto de forma pacífica. Salid y uníos a nosotros, ¡compañeros!-
Como ocurre en todas las poblaciones pequeñas, aquellos hombres se conocían bien. El sargento no podía imaginar, por muy caldeada que estuviese la turba, que aquella noche recibiría un tiro que días mas tarde le costaría la vida y menos, por una República en la que no confiaba. Pero así fue. La agitada muchedumbre aguardaba a las puertas del cuartel. Los sitiados pidieron refuerzos a Medina Sidonia. Cuando el sargento y otro guardia salieron, los insurgentes, al verles armados, desconfiaron de sus intenciones y les dispararon. Ya no había marcha atrás. La revolución había comenzado y, por primera vez, aquellos hombres se sintieron parte del engranaje que transformaría la sociedad. Nada hacía presagiar la contundente reacción del Gobierno de Azaña.
En Madrid aquella revolución parecía no tener importancia. Como cada mañana, después de leer la prensa diaria y de despachar los asuntos de gobierno, algunos de ellos tan urgentes y desagradables como la decisión de mandar a las tropas de asalto que había tomado horas antes, Manuel Azaña aguardó la visita de su sastre.
La prenda que había encargado estaba casi terminada. Sólo necesitaba unos arreglos.
Mientras Azaña observaba al sastre marcar la tela de la pierna derecha con alfileres, le espetó:-Tenga usted cuidado, no me vaya a pinchar.-
Sin embargo, el tono con que Azaña hablaba a aquel viejo era amistoso, cercano y el sastre no pudo evitar sonrojarse –Descuide, señor.
Cuando el hombre pasó a medir el largo de manga, Azaña estaba convencido de que aquel traje era justo lo que necesitaba.
Los refuerzos de la Guardia de Asalto y la Guardia Civil, al mando del capitán Manuel Rojas, llegaron un 11 de enero. Entraron en el pueblo a tiros, matando a dos campesinos que encontraron en la calle.
Algunos revolucionarios huyeron al monte. Otros corrieron a refugiarse en sus casas, muchas de ellas, chozas de barro y paja. Sólo les quedaba esconderse. Francisco Cruz, conocido como “Seisdedos”, decidió quedarse. Por la noche, la Guardia de Asalto sitió su choza. En ella permanecía junto con su familia y algunos vecinos. Empezaron las negociaciones. Obviamente sólo podían rendirse. Pero Manuel Rojas tenía otros planes. Al alba, dio órdenes a sus soldados para que incendiaran la casa. La techumbre no resistió y aquellos desgraciados perecieron calcinados.
-“Es preciso, que ahora mismo, en media hora, hagáis una razzia.”- Dijo el capitán, dirigiéndose nuevamente a las tropas.
Los guardias registraron las casas en busca de culpables. Los desafortunados fueron conducidos hasta la corraleta de la choza devastada para que vieran con sus propios ojos los cadáveres de sus compañeros. Y allí, al grito de “fuego con ellos”, los fusilaron.
Días después, en el periódico La Libertad, los españoles podían leer los “Sucesos de Casas Viejas”, un artículo de Ramón J. Sender. Según sus propias palabras “El detalle no importa. Si los “relatos realistas” se apoyan en el detalle es para destacar la configuración política del hecho en su conjunto. Eso es necesario para que el país conozca la verdad y pueda deducir las responsabilidades e imponerlas ejemplarmente... Los muertos acusan y seguirán acusando... La cosa es más profunda. Es una cuestión de sistema…¿qué nueva lógica oportunista y maquiavélica encontrarán para este caso los dirigentes socialistas? Porque la base hace tiempo que ha calificado los hechos".
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